La vivienda nos quita la vida

Pepa Torres. alandar.org

Este ha sido el lema con el que miles de personas nos hemos movilizado recientemente, exigiendo vivienda pública y social, la bajada de alquileres y la desaparición de los fondos buitre. El grito coral “¿Qué pasa? ¿Qué pasa? ¿Qué pasa, que no tenemos casa?” – junto con otro que tristemente refleja una realidad cada vez más extendida en nuestro país: “¡Con techo o sin techo, padrón por derecho!”- se convirtió en clamor en las calles de Madrid frente a la exclusión del padrón por parte de los ayuntamientos, lo que condena, además de a la invisibilidad, a la más absoluta vulneración de derechos, pues el padrón es, como suele decir Patuca Fernandez, un metaderecho, la llave para poder acceder a derechos de supervivencia. 

Según el último informe llevado a cabo por Oxfam Intermón sobre vivienda, tras la fractura que divide a España en dos mitades, la que llega a fin de mes y la que no, se encuentra la crisis de la vivienda. Esta se ha convertido en una aspiradora de ingresos para los hogares, que dedican casi un 40% de su renta a pagar el alquiler. Como viene también denunciando desde hace años el informe FOESSA, uno de los rostros más violentos de la pobreza hoy en España es la pobreza habitacional. En las periferias se ha pasado del alquiler de la vivienda al de la habitación, de ahí a la habitación compartida por 300 € y, finalmente, a las camas calientes en el caso de muchísimas personas migrantes

El año pasado se produjeron en España más de 20.000 desalojos, 15.301 de ellos por impago de alquiler. La protección de las personas vulnerables en el campo del derecho a la vivienda está aún lejos de los estándares internacionales y de las recomendaciones que en el año 2020 propuso el Relator Especial de la ONU sobre la extrema pobreza y los derechos humanos de Naciones Unidas en su visita a España.

Paralelamente a esta exclusión del derecho a la vivienda crecen las empresas de tipo “Desokupa”y el acoso inmobiliario con sus métodos de extorsión. Además, se criminaliza a las personas que no tienen otra opción que la calle y para las que en la Comunidad de Madrid cada vez hay menos recursos. Madrid se ha convertido en una de las ciudades europeas con mejor mercado para viviendas de lujo donde los fondos buitre como Blackstone o Cerberus han multiplicado sus activos.

Como cristianas y cristianos no podemos permanecer indiferentes frente a este clamor. No podemos olvidar que Jesús de Nazaret nace en la calle, sin techo; fue un okupa, como dice una amiga de la PAH. María, su madre, dio a luz en un lugar sin cédula de habitabilidad, como tantas personas duermen hoy en garajes transformados en viviendas, en cuartos de bicicletas, en casas desocupadas y vacías o en las urgencias de los hospitales- este invierno me contaba una trabajadora interna de 70 años que se quedó en la calle y que, al ser despedida, dormía en un hospital de la zona Sur de Madrid.

Tampoco podemos olvidar que la aspiración a una vivienda digna, con todo lo que representa en la vida de una persona, es también uno de los signos de la promesa de Dios, de las utopías bíblicas, como nos recuerda el profeta Isaías (65, 17-21):

    “Ya no habrá (…) ni llanto ni gemido (…) construirán casas y las habitarán (…)”.  

Por eso el derecho a techo, entendido no solo como techo físico, sino con condiciones de seguridad, habitabilidad, accesibilidad y dignidad, junto al derecho a la tierra y al trabajo, como nos recordaba el papa Francisco, son derechos sagrados, no un privilegio. Por tanto, la falta de vivienda y su especulación es una injusticia estructural, no un problema individual. Es un grito que nos debe mover, junto con las organizaciones de la sociedad civil implicadas en ello, a denunciar y forzar alternativas viables, como nos recuerda de nuevo el profeta Isaías: “este es el ayuno que Dios quiere: que partas tu pan con el hambriento, y a los pobres albergues en casa (…)”.

En este sentido, una buena iniciativa a seguir reproduciendo es la que ha tenido el obispo de Almería: transformar la casa de espiritualidad diocesana en viviendas para los trabajadores temporeros de los asentamientos. ¿Y si este fuera uno de nuestros compromisos como Iglesia, en este levantar la mirada al que se nos invita con la visita del papa León XIV a nuestro país?  


Pepa Torres

Teóloga y religiosa Apostólica del Sagrado Corazón de Jesús, vive en una comunidad intercongregacional en el madrileño barrio de Lavapiés. Allí apoya los movimientos sociales y la defensa de los derechos humanos, especialmente desde la Red Interlavapiés. Escribe en alandar la sección «Hay vida más allá de la crisis».

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