Carlos F. Barberá. alandar.org
Hay que ver las cosas que se dicen con motivo del catolicismo. Las cosas tan tontas, quiero decir. Por ejemplo, el actual vicepresidente de EEUU, J.D. Vance, convertido hace años al catolicismo, afirmó hace poco que los ovnis no son extraterrestres, sino demonios. Así, tan tranquilamente, sin percatarse de que no tenía por qué referirse a los espacios siderales, le bastaba con mirar a su vecino de la Casa Blanca.
Pero, curiosamente, estos días circula un vídeo del Ministro de Interior con Rajoy, Jorge Jiménez Díaz, ahora en el banquillo de los acusados, de una entrevista de junio de 2015, con el ya entonces emérito Benedicto XVI, en presencia de su mujer y de un monseñor, hablando de su visita a España. En un momento, Benedicto parece entrar en una especie de éxtasis y dice: “el diablo quiere destruir España, el diablo quiere destruir España. Y añade: el diablo conoce la misión histórica de España al servicio de la Iglesia y por eso quiere destruirla”.
Un teólogo sólido como era Ratzinger debía saber que el diablo no existe. Pero aún en el caso contrario, sería un ser dedicado a la perdición de las almas, de las personas concretas, no a la destrucción de las naciones. ¿Qué gana el diablo con que el paro o la inflación aumenten en España o con que suba el precio de la gasolina o baje el turismo? Y por otra parte: ¿cómo sabía todo eso Benedicto XVI? No podía conocerlo más que si se lo había revelado Dios y así lo interpretó el monseñor presente, que anunció que iba a levantar acta. Un despropósito tras otro.
En otro vídeo que me ha llegado de YouTube, un cura que no se identifica, pero tiene cierto acento latino, hace una reflexión teológica sobre la cremación de los cadáveres.
Parte el conferenciante de una afirmación sensata, el vínculo entre el cuerpo y el alma, pero a continuación afirma: “cuando el cuerpo es sometido al fuego de la cremación, el alma experimenta una aflicción tan profunda, un dolor tan real que se suma a los sufrimientos del purgatorio”. De modo que las familias, ignorantes de lo que han hecho, no entienden esas inquietudes que les acechan, esos sueños perturbadores. Este cura ha conocido mujeres que no pueden dormir porque ven a sus esposos gritando entre llamas o a hombres que sienten una presencia angustiada desde que pusieron las cenizas de su madre en la sala de sus casas.
¿Y cómo sabe este señor todas estas cosas? Porque ha habido santos que lo han revelado, san Pío de Pietrelcina y santa Faustina, pero ¿cómo lo sabían ellos? Y almas del purgatorio que han manifestado su queja ¿cómo se las han arreglado para hacerlo?
La verdad es que no he podido escuchar ese largo video sin preguntarme cómo toda esa argumentación puede creer que el alma siente angustias y sufrimientos cuando se quema el cuerpo y no siente ninguno cuando se lo comen los gusanos. Y en todo caso, de una u otra manera, al cabo de unos cuantos años ya no hay cuerpo alguno con el que mantener relación.
Una cosa distinta es la resurrección de la carne que recitamos en el credo, de la cual quizá un día me decida a hablar. Pero antes, tengo que reponerme de esas tonterías de las almas del purgatorio que, no sé cómo, se quejan porque han incinerado sus cuerpos.
P.D. Me he referido a tonterías católicas pero la verdad es que la imagen de un grupo de pastores evangelistas tocando a Trump en signo de bendición, verdaderamente se las trae.
Parece que en todas partes cuecen habas.
