Escribo estas líneas el domingo 7 de junio por la tarde. Esta mañana he seguido la eucaristía del papa por televisión y me han impresionado sus ojeras. He mirado algunas imágenes del día anterior, y no era comparable su mirada y las ojeras con las de hoy. Es cierto que no es tan mayor, es más joven que yo, dos años para ser exactos, pero también es cierto que a mí me marcan una agenda como la que él tiene y me dejan machacada, machacada totalmente y con unas ojeras de oreja a oreja.
Confieso que no he seguido totalmente el viaje y los actos del papa, sí he visto y he escuchado algunos de sus mensajes y también tengo que decir que me han gustado. En sus primeras palabras en el Palacio Real, ante el cuerpo diplomático y políticos católicos, que envenenan la convivencia, ha dicho: “Vengo entre ustedes para confirmar, alentar e inspirar una renovada fidelidad de los creyentes al Evangelio, así como una reconciliación y una cooperación más profundas entre las distintas fuerzas de esta Nación. De hecho, su propia historia sugiere que no es la cultura del enfrentamiento, sino la del encuentro, la que genera estabilidad y prosperidad. El mensaje de paz que, en estos tiempos, por desgracia, resuena para algunos como ingenuo y para otros como provocador, encuentra acogida en quienes no se encierran en ideologías prefabricadas, sino que se abren a la verdad…. Nuestra época… clama en lo más profundo por la paz”
En la Eucaristía de hoy León XIV ha afirmado con rotundidad: «Nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano», con una lectura del Corpus Christi totalmente hecha desde el pobre, el excluido, los marginados… los cuerpos de Cristo que nos encontramos diariamente por la calle y a los que muchas veces no nos atrevemos ni a mirar a los ojos.
Me ha gustado que fuese a ver el centro de Cáritas en el barrio del Lucero, que atiende a 2.500 personas al año, principalmente inmigrantes sin papeles y personas sin hogar. Y ha afirmado que «la caridad no admite demoras». Y yo me pregunto ¿cómo escuchan esto quienes están defendiendo la prioridad nacional y se dan golpes de pecho a la vez que asisten no sólo a estos actos, sino muchos a misa diaria? Me lo pregunto y no encuentro respuesta.
Esta mañana he recibido algunos WhatsApp de amigas de la Revuelta de mujeres en la Iglesia que estaban en Colón y querían hacer llegar su voz al Pontífice. Portaban paraguas morados y una gran pancarta en la que se podía leer: «Hasta que la igualdad se haga costumbre», reclamaban, reclamamos, un espacio en la iglesia de liderazgo e igualdad.
También estaban personas LGTBI con una postura reivindicativa, para pedir su inclusión «como cristianos de primera categoría» dentro de la Iglesia y poder recibir «sin distinción» sacramentos como el matrimonio. Se sienten, nos sentimos, miembros de la iglesia, pero a los que la iglesia no acaba de abrirnos las puertas.
Y hoy, mirando las grandes y profundas ojeras del papa, pedía a Dios que le diera unas grandes y profundas orejas que pudieran albergar un gran oído para escuchar estas voces tantas veces silenciadas.

Nací hace ya mucho tiempo en la huerta murciana. Cuando apenas daba los primeros pasos me trajeron a Madrid y aquí se ha desarrollado toda mi vida, personal, académica y profesional. Hoy estoy felizmente jubilada y jubilosa. Gracias a mi profesión, comunicadora, he tenido la oportunidad de viajar bastante: América, África, Asia, Europa… he conocido distintas culturas, distintas realidades… y según iba aumentando mi conocimiento, iban cayendo mis seguridades, esas que cuando eres más joven te hacen creer que son inamovibles y las únicas verdaderas. He visto de primera mano las injusticias, las desigualdades… por tener distinto color de piel, distinta opción sexual, por ser pobre y sobre todo por ser mujer. A lo largo de mis ya muchos años me he encontrado con mucha gente buena que trabaja por otro mundo posible y distinto. A ellas y ellos uno mi voz y mi trabajo, en la iglesia y en la sociedad, antes y ahora. Hasta que el cuerpo aguante.
