El joven rico

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 Sandra Estrada Real. cristianismeijusticia.net

La historia del joven con Jesús me pareció siempre un poco predecible (Mateo 19:16-30): “Dios quiere que sea pobre y me vaya para siempre con los pobres”. Solemos leerla bajo esa “lección” de que el joven tiene tantas posesiones que eso le molesta a Dios y le pide que venda todo a los pobres. Y como éste se niega, pues Jesús lo rechaza y se queda solo. Pero últimamente lo he vuelto a leer… y hay otras lecciones que me ha dejado y que han sido demasiado confrontadoras, porque no hablan tanto de riquezas materiales, sino espirituales, intelectuales, sociales.

La parábola del joven rico representa lo que como jóvenes como yo a veces tomamos como innegociable porque creemos que nos da fuerza y poder, pero que, en el fondo, nos esclaviza y nos impide crecer.

1. El joven rico… de estructuras, técnicas y logros.
2. El joven rico de… virtudes y perfección.

El joven rico de estructuras, técnicas y logros

Los seres humanos estamos hechos para encontrar “patrones”, “sistemas” o “fórmulas” que nos ayuden a manejarnos mejor en la vida; gracias a ellos es como si aprendiéramos a leerla. Estos “patrones” empiezan desde la niñez, y cuando somos jóvenes creemos que por fin nos vamos liberando de ellos. Lo que sucede, más bien, es que creamos otros “patrones”, no tan nuevos, simplemente que nos hacen más sentido y nos hacen sentir menos vulnerables.

Estos patrones los ejecutamos: en el modo de estudiar, de trabajar con otros, de juzgar situaciones, de relacionarnos, de dar o recibir, de orar, de entender a Dios. A la vez nos apegamos a lo que creemos que nos da identidad, valor o un lugar en el mundo: diplomas, cantidad de viajes, talentos, el dinero que “generamos”, los proyectos en los que estamos, las personas VIP de las que tenemos contacto.

Cuando el joven rico se cruza con Jesús le pregunta: “¿Qué tengo que hacer para ganar la vida eterna?” o “¿Qué tengo que hacer para ser perfecto?”. Muchas veces los jóvenes caemos en un bucle de ir persiguiendo la perfección y el éxito (hasta moral o espiritual); no queremos fallar… pero no porque queramos ser más amorosos o justos, como Jesús, sino para saciar nuestro ego o por tener la fórmula, otra vez… de la vida. Y buscamos a Dios no para sentir su amor, sino para no tener que tocar nuestra humanidad herida y jamás equivocarnos. Discernir se vuelve un deporte y no una escucha del corazón.

Jesús le repite “normas” —los mandamientos— y al final le invita: “Pero si en verdad quieres la perfección… renuncia a todas las riquezas de las que te has ya apropiado, que no sueltas, que son tu seguridad y te hacen sentir superior a otros… y que tu seguridad sea yoEl joven no quiere confiar en Jesús, en la vida, en otros, y Jesús la invita a desconfiar un poco de sí mismo para llenarse de nuevos modos y gestos más reales, menos mentales y planeados. Más afectivos y menos efectivos.

El joven rico de… virtudes y perfección

Aprendemos métodos, palabras, lenguajes, gestos que nos ayudan a ser “virtuosos”. Pero a veces terminamos siendo un personaje… y de ese personaje luego no podemos desapegarnos. “Soy la joven que nunca se enoja”; “soy el joven que nunca llora y siempre comparte su fe”; “soy el joven que enorgullece siempre a sus padres”; “soy la joven que siempre ayuda y nunca dice que no”. Bajo ese personaje dejamos de discernir, porque Jesús, aunque iba “haciendo el bien” también se permitía molestarse con los fariseos y hasta volar el mercado fuera del templo. Sí, respetaba la ley, pero también respetaba la dignidad de las personas cuando esa ley les pasaba por encima. Es decir: iba respondiendo a la vida, no era una roca siempre igual.

El joven rico somos nosotros cuando no queremos soltar ese personaje que nos hemos hecho y Jesús le pide “venderlo”, es decir “liberarse” de él. El joven rico no para de mirarse a sí mismo y Jesús le invita a mirarlo a Él, mirar a otros, dejarse mirar por otros. A veces pasamos más tiempo tomando cursos o mirando vídeos de “cómo hacer” que realmente viviendo y aprendiendo de la vida, donde Jesús promete guiarnos y enseñarnos.

Hemos forjado identidad fuera de nuestros padres o heridas de la infancia. ¡Y eso es bueno! Pero a veces no nos damos cuenta de que hemos quitado la verdad, el amor y la belleza del centro y nos hemos forjado un dios “Yo”.

Una señal de que estamos siendo quienes “deberíamos” ser no es el dinero, la cantidad de followers, ser aprobados por otros o tener un 10 en todo. Según el discernimiento ignaciano son los dones del Espíritu Santo, en resumen: gozo, paz, sabiduría, valentía. ¿Nos sentimos así? Si no, ¿dejaríamos que Jesús nos invitara a Él, a la vida con otros diferentes a mí, a algo más auténtico? ¿Dejaríamos atrás ser nuestro propio juez y dios?

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