DOMINGO 16 (A) (Mt 13, 24-43)
Como todas las parábolas se trata de un relato anodino e inofensivo por sí mismo, pero puede llevarnos a una reflexión muy seria sobre la manera que tenemos de catalogar a las personas como buenos y malos. Bien y mal se encuentran inextricablemente unidos en todos y cada uno de nosotros.
El punto de inflexión está en las palabras del dueño: “dejadlos crecer juntos hasta la siega”. Lo lógico sería que se arrancara la cizaña en cuanto aparezca. Contra toda lógica, el amo ordena que la dejen crecer con el trigo. El dueño no se ha vuelto loco, quiere hacernos ver que otra actitud ante el mal es posible.
Si al hablar del trigo se nos pide hacer lo contrario de lo que se debe, nos obliga a saltar a otro nivel en que eso sea no solo posible, sino necesario. En el orden espiritual no solo no se debe arrancar la cizaña, sino que no se puede separar.
Desde siempre el hombre buscó una respuesta coherente a la existencia del mal. Hoy sabemos que no tiene que venir ningún maligno a sembrar mala semilla. Las limitaciones que inevitablemente nos acompañan como criaturas, dan razón suficiente para explicar los fallos de toda vida humana.
Cuatro mil millones de años de evolución han ido siempre en la dirección de asegurar la supervivencia del individuo y de su especie. El ser humano descubre que hay un objetivo más valioso que el de la simple supervivencia. Al intentar caminar hacia esa nueva plenitud el hombre tropieza con esa enorme inercia.
Como en el caso de la cizaña y el trigo, solo cuando llega la hora de dar fruto queda patente lo que los distingue. Es inútil todo intento de dilucidar teóricamente lo que es bueno o lo que es malo. La mayoría de las veces el hombre solo descubre lo bueno o lo malo después de sufrirlo o disfrutarlo.
En el hombre, la cosa se complica, porque en cada uno de nosotros coexisten cizaña y trigo. Nunca conseguiremos eliminar del todo nuestra cizaña. Solo aceptándola, superaremos el puritanismo y nos aceptaremos tal como somos.
Esta mezcla inextricable no es un defecto de fábrica, como se ha hecho creer con mucha frecuencia; por el contrario, se trata de nuestra misma naturaleza. Dejaríamos de ser humanos si anularan todas nuestras limitaciones.
No solo es absurdo el considerar a uno bueno y a otro malo, sino que el solo pensar que una persona se pueda considerar perfecta, es descabellado. Arrancar la cizaña en nosotros y en los demás, ha sido una tentación inmemorial.
La explicación del evangelio muestra con claridad la diferencia entre parábola y alegoría. Podemos apreciar cómo se desvía el acento desde la necesidad de convivir con el diferente a la insistencia en que los malos serán quemados.
Si la Iglesia hubiera hecho caso de esta parábola, ¡cuánto sufrimiento se hubiera evitado! Siempre se ha perseguido al que discrepa, solo por preservar el trigo. Se ha excomulgado, se ha desterrado, se han quemado miles de cristianos solo porque no coincidían con la verdad o la norma oficial.
Dice un proverbio oriental: si te empeñas en cerrar la puerta a todos los errores, dejarás inevitablemente fuera la verdad. En la doctrina, en el culto, hemos estado quemando la cizaña. En la moral es más sangrante, hemos predicado como voluntad de Dios lo que no son más que preceptos humanos.
