Reflexiones inspiradas en escritos de Carmen Bernabé y Mariola López.
En todos los evangelios encontramos distintos grupos de personas que interactúan con Jesús. Algunos de ellos aparecen en encuentros puntuales; hay, por otra parte, un grupo de multitudes que lo reciben, lo escuchan y llevan a él sus enfermos; y, por último, las personas que lo siguen y constituyen un círculo cercano, íntimo. Estos son los discípulos y discípulas.
Dentro de este círculo encontramos al grupo de los Doce; número de importante significado mesiánico y escatológico que evocaba la esperanza en la reunificación de las doce tribus de Israel. Dentro de este grupo hay algunos que ocupan una posición destacada, como es el caso de Pedro, Santiago y Juan. La exactitud de este número es discutida, pues los mismos evangelistas difieren en algunos de los nombres.
No eran los únicos que estaban cerca del Señor. También, había algunas mujeres, que los evangelistas mencionan con cierta disparidad en sus nombres. Sabemos que eran mujeres galileas y que acompañaron a Jesús en la subida a Jerusalén, al final de su vida. El hecho de que sean mencionadas con nombre propio refleja la importancia que tuvieron en las primeras iglesias, en particular en las comunidades desde el norte de Palestina hasta Siria, donde se consolidaron las tradiciones acerca de Jesús.
El discipulado de estas mujeres es presentado como un contraste al discipulado fallido de los hombres. Los evangelios nos dicen que ellas “seguían y servían al Señor”. Nunca se utiliza este verbo, cuya raíz es la misma de diácono (servidor), para hablar de los Doce; solamente de los ángeles se dice que sirvieron al Señor, en el desierto.
Además ellas fueron las únicas que acompañaron a Jesús en su muerte en la cruz, y las primeras en encontrarse con Él el domingo de resurrección. Por su parte, los Doce huyeron cuando Jesús fue arrestado, solo Pedro lo siguió hasta la casa del sumo sacerdote, pero allí negó conocerlo y ser uno de sus discípulos.
En los primeros siglos del cristianismo, su fiesta el 22 de Julio era celebrada como una solemnidad, y se cantaba el Credo, algo reservado para las conmemoraciones de los apóstoles y del Señor. La iglesia primitiva la tuvo como apóstol; el gran Santo Tomás de Aquino reservó para ella el título: ‘Apóstola de los apóstoles’, y el Papa Francisco elevó recientemente a la categoría de fiesta su celebración litúrgica.
Con el paso de los siglos, la figura de María Magdalena fue presa de los sesgos de la cultura patriarcal. Los teólogos occidentales, hombres europeos y célibes, fueron confundiendo degradando su historia. De apóstol, terminó en prostituta; de predicadora, a penitente arrepentida.
Los datos que tenemos de ella son pocos, aunque suficientes para ver que ella representa el modelo de discipulado perfecto.
Discipulado en libertad: Tanto el evangelio de Lucas como el final tardío del evangelio de Marcos nos cuentan que Jesús había expulsado de María siete demonios. Muchas veces pensamos que los demonios a los que hace referencia el evangelio son entidades metafísicas personales, pero la tradición ha interpretado los demonios como todas aquellas realidades que nos esclavizan, que nos degradan y nos separan de Dios.
Los Padres del desierto identificaban los demonios con los ocho vicios que corrompen la libertad humana; tradición que en occidente se consolidó como los siete pecados capitales. Sin embargo, no podemos a partir de esta información deducir cuál era la vida que llevaba la Magdalena antes de conocer a Jesús, mucho menos identificar exclusivamente los siete demonios con una vida de desenfreno sexual o prostitución.
Por el contrario, lo que nos indica el número siete, símbolo de la totalidad, es que ella fue una mujer liberada de todas sus cadenas, de todas sus ataduras, de todos sus demonios. El discipulado es ante todo una experiencia plena de la libertad, del amor que borra todo el temor. Solo quien ha sido liberado de su esclavitud puede amar con locura a Jesús, y es esta llama encendida de amor la que conduce a seguirlo hasta al final, hasta la cruz, como lo hizo ella.
Discipulado hecho eucaristía: La vivencia pascual de estas mujeres las transformó a ellas mismas en eucaristía: acción de gracias y pan partido por amor. Nadie tendrá, en toda la historia del cristianismo, la experiencia del cuerpo y de la sangre de Cristo que tuvieron ellas, el viernes 7 de abril del año 30. Ellas participaron del dolor, pan partido, pero también pan que alimenta, pues fueron las primeras en ver y en comunicar a la iglesia que Jesús, el Señor, no estaba muerto; había resucitado.
Nadie podrá imaginar el inmenso dolor, la insoportable conmoción interior que supuso ser testigos directos de la pasión del Señor. Lo que significó para su corazón presenciar la humillación, la tortura, el dolor, la sangre y el cuerpo de alguien tan amado. Según los evangelios sinópticos, no lo abandonaron nunca, pues ayudaron a llevar su cuerpo sin vida al sepulcro.
No se necesita ser un erudito de la psique humana para imaginar el efecto tan grande que estas escenas tuvieron en ellas. ¿Cómo habrá sido regresar esa noche de viernes a su hospedaje?; ¿Y cómo conciliar el sueño esa noche interminable, recreando una y otra vez lo vivido? ¿Qué llevaban en el corazón el sábado, ese largo sábado de quietud prescrita y de silencio de Dios? En estos días, estas mujeres iniciaron una práctica espiritual que ha continuado ininterrumpidamente en la historia del cristianismo: la contemplación de la pasión. Y, por esto mismo, fueron también las primeras místicas cristianas.
Un discipulado místico: Jesús no apareció primero a Pedro, ni tampoco a Juan o a Santiago. Fue María, la galilea de Magdala, quien vio a Jesús. Fue ella quien, acompañada de algunas otras discípulas, fueron al sepulcro en cuanto pudieron para terminar los ritos fúnebres; el domingo en la mañana dado que el sábado estaba prohibido por la ley. El evangelio de Juan lo narra con especial belleza y centra la narración exclusivamente en el encuentro del Señor con María Magdalena.
Ella se encuentra con unos ángeles, primero, y con Jesús, después; pero no lo reconoce. Su grito de dolor expresa una profunda oscuridad mística: el corazón que completamente destrozado y a oscuras anhela encontrarse con la fuente del amor.
Ahora, en la discusión actual sobre el papel de la mujer en la iglesia, el magisterio romano ha sido enfático en negar la ordenación a personas que no sean hombres célibes, incorporados a una diócesis o una comunidad religiosa. El argumento central esgrime la fidelidad al ministerio de Cristo y su llamada a los Doce discípulos, todos hombres. Argumento al menos inconsistente, por todo lo que hemos expuesto acerca de María Magdalena y del grupo de discípulas que caminaron con el Señor. Además, no fueron las únicas pues tenemos de otras figuras femeninas prominentes en la primera generación, como Febe, pastora y cabeza de su comunidad, tal como lo expresa San Pablo en la carta a los Romanos.
En estas discusiones, es creciente el apoyo que desde distintos sectores eclesiales se ha dado a la apertura de la ordenación sacerdotal para las mujeres y para los hombres casados. No obstante, estas discusiones en el seno de la iglesia adolecen de sinodalidad, de la posibilidad de escuchar al pueblo de Dios en su conjunto y no solamente al selecto círculo que toma las decisiones. Al menos, la discusión debe darse en una asamblea donde no solo los hombres célibes estén representados.
Reflexiones inspiradas en escritos de Carmen Bernabé y Mariola López
