Caminar por el sendero de la justicia

Don Mimmo Battaglia. reflexionyliberacion.cl

Hermanas y hermanos, En el lenguaje bíblico, el término «bienaventurado» no significa un estado genérico de contentamiento, alegría o satisfacción, sino algo más poderoso, algo que no solo describe una condición, sino que guía su desarrollo a lo largo del tiempo.

Consideremos la primera palabra del primer salmo: «Bienaventurado el hombre». ¿Pero de qué hombre habla el salmista? Del hombre que camina por el sendero de la justicia… Así pues, «bienaventurado» debería traducirse así: ¡Levántense, caminen, avancen, marchen, pobres, porque Dios camina y lucha con ustedes y es para ustedes garantía de felicidad y fuente perenne de alegría! ¡Levántense, ustedes que alimentan sueños de paz y siembran misericordia entre las calles de la indiferencia! ¡Levántense, ustedes que con la fuerza de la mansedumbre se oponen a la violencia, porque la tierra les pertenece! ¡Avancen con valentía, ustedes que lloran, afligidos por un sistema que está en contra de la humanidad, porque Dios es su liberación, el amanecer que consolará su noche! En marcha, hambrientos de justicia, perseguidos por la causa del Evangelio, porque el Señor es el pan que fortalece vuestro cansancio, que da fuerza para vuestro camino.

Estas palabras no son un tratado teológico, una abstracción filosófica o moral, sino que son, ante todo, un retrato de Jesús, nuestro Señor y Maestro, y nos las da el Evangelio para que aprendamos, día a día, a reescribirlas con nuestras vidas, conformándonos a Él. 

-Bienaventurado el obispo que hace de la pobreza y el compartir su estilo de vida, porque con su testimonio está construyendo el reino de los cielos.

-Bienaventurado el obispo que no teme que sus lágrimas cubran su rostro, para que en ellas se reflejen el dolor del pueblo y las fatigas de sus sacerdotes, encontrando el consuelo de Dios en el abrazo de los que sufren.

-Bienaventurado el obispo que considera su ministerio un servicio y no un poder, haciendo de la mansedumbre su fuerza, dando a cada uno el derecho de ciudadanía en su corazón, para habitar la tierra prometida a los mansos.

-Bienaventurado el obispo que no se encierra en edificios gubernamentales, que no se convierte en un burócrata más preocupado por las estadísticas que por los rostros, por los procedimientos que por las historias, buscando luchar junto a la humanidad por el sueño de justicia de Dios porque el Señor, encontrado en el silencio de la oración diaria, será su alimento.

-Bienaventurado el obispo que tiene un corazón compasivo ante la miseria del mundo, que no teme ensuciarse las manos con el lodo del alma humana para encontrar allí el oro de Dios, que no se escandaliza por el pecado y la fragilidad de los demás porque es consciente de su propia miseria, porque la mirada del Crucificado y Resucitado será para él un sello de perdón infinito.

-Bienaventurado el obispo que destierra la duplicidad de corazón, que evita toda dinámica ambigua, que sueña con el bien incluso en medio del mal, pues podrá regocijarse ante Dios, descubriendo su reflejo en cada charco de la ciudad humana.

Bienaventurado el obispo que trabaja por la paz, que acompaña el camino de la reconciliación, que siembra la semilla de la comunión en el corazón del presbiterio, que acompaña a una sociedad dividida en el camino de la reconciliación, que toma de la mano a todo hombre y mujer de buena voluntad para construir la fraternidad: Dios lo reconocerá como su hijo.

-Bienaventurado el obispo que, por amor al Evangelio, no teme ir contra la corriente, mostrando un semblante tan firme como el de Cristo en su camino a Jerusalén, sin dejarse frenar por malentendidos y obstáculos, porque sabe que el Reino de Dios avanza en medio de las contradicciones del mundo.

+ Don Mimmo Battaglia / Arquidiócesis de Nápoles

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