Las prostitutas primero. Jose Arregi

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Jose Arregi. atrio

  Hace ya muchos años, a la salida de Miranda de Ebro, una joven hacía auto stop. Yo me detuve, como solía. Ella se acercó a la ventanilla derecha y me dijo: “Estoy trabajando”. No lo entendí hasta que repitió sus palabras con un confuso ademán de invitación y disgusto. Titubeé, me disculpé un poco turbado y seguí mi ruta por los campos de Burgos, de fascinante belleza.

        Hoy vuelvo a pensar en aquella chica, una más de las innumerables mujeres – sobre todo mujeres– a las que las circunstancias de la vida, terribles a menudo, no han dejado otra opción que elegir (¿elegir?) la prostitución para ganarse el pan para sí y los suyos. ¿Habrá guardado la fe en su dignidad, la confianza en sí misma? ¿Habrá podido decir sin vergüenza ni amargura “estoy trabajando”, cualquiera que haya sido su trabajo? Lo habrá tenido muy difícil.

       En el caso de una prostituta, a la cadena de desgracias (miseria económica, violencia familiar, tratas mafiosas…) que en muchos casos le han llevado a serlo, se unen las humillantes condiciones laborales (explotación y esclavización por parte de proxenetas, trato degradante por parte de clientes…) a las que se ve sometida –hablo sobre todo en femenino–, así como el desprecio y el estigma social que deberán sufrir mientras vivan. “Eres una puta”. Hipocresía de una sociedad machista: los mismos que directa o indirectamente empujan a esa mujer a vivir en ese inframundo la convierten en emblema de la indecencia y de la depravación moral. Tal vez para justificarse. “Sepulcros blanqueados” los llamaría Jesús.

       Las religiones han contribuido no poco a legitimar este estado de cosas paradójico: a fomentar la prostitución y a condenar a las prostitutas, tal vez justo lo contrario de lo que debieran haber hecho. Consta la existencia de la “prostitución sagrada” en los templos de Mesopotamia hace 4.000 años, y algo más tarde en Canaán (Israel y Palestina). La propia Biblia nos informa de que la práctica se dio, durante un tiempo, en el mismísimo templo judío de Jerusalén (2 Reyes 23,7), y de que en él había incluso “prostitutos sagrados” (para prácticas homosexuales, se supone). Parece claro que la sacralización de la prostitución (e incluso cierta sublimación de las prostitutas: “las compasivas” las llamaban en Grecia) en realidad no dignificaba a las prostitutas, sino al contrario: las convertía en objeto más apetecible y fácil para el deseo masculino, las sometía más fácilmente a los intereses del varón. La persistencia actual de las devadasis(“sirvientas de la divinidad”) en no pocos templos de la India es la mejor prueba: no son sirvientas de ningún Dios, sino esclavas del brahmán o sacerdote proxeneta que las explota miserablemente desde niñas.

       Jesús de Nazaret proclamó una radical inversión, cuando, dirigiéndose a “los jefes de los sacerdotes y a los presbíteros” (quien quiera entenderlo que lo entienda), dijo: “Las prostitutas entrarán antes que vosotros en el reino de Dios” (Mateo 21,31). No pudo dar con términos más provocadores para dignificar a las prostitutas y denunciar el poder masculino que explota su conciencia, su cuerpo y su trabajo.

        Viene todo esto a propósito de un hecho reciente: la directora general de trabajo del Gobierno español dimitió tras haber autorizado el registro del sindicato OTRAS (Organización de Trabajadoras Sexuales). Dijo haber sido engañada. ¿Engañada por OTRAS? Yo me siento más bien engañada por ella o por quienes la obligaron a dimitir y han prometido anular la constitución del Sindicato. La prostitución no es en España ni legal ni ilegal, y ese limbo se convierte fácilmente en infierno de las prostitutas y en paraíso de la prostitución, inmenso negocio para otros.

        No sé cómo, pero que desaparezca el limbo. Que se reconozca a las prostitutas como trabajadoras, si así lo quieren de verdad. Que se garantice su libertad y su dignidad frente a proxenetas y clientes. Que puedan sindicarse, si así lo desean. Mejor todavía, que puedan asociarse como autónomas, sin empresarios que las exploten. Que nadie las mire por encima del hombro, ni para condenarlas ni para “redimirlas”. Que no olvidemos la advertencia de Jesús: ellas os preceden en el reino de la vida.

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