Reflexiones sobre el encuentro ‘protección de menores en la Iglesia’ Antonio Duato

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Antonio Duato. Atrio.org

El pasado 23 de febrero fue un día tan tenso para este moderador como aquel de triste memoria. El papa Francisco se había cargado sin querer, con un desafortunado comentario, una reunión convocada por él. Yo había experimentado una especial resistencia a asomarse a esa reunión . Hoy quien quiera puede cubrir por streaming las sesiones públicas y las ruedas de prensa desde su ordenador. No es necesario viajas, pero sí dedicarle tiempo. No me apetecía hacerlo, pero el cachondeo de los titulares me obligó a entrar a fondo en esa reunión, viendo vídeos, leyendo atentamente y traduciendo algunos textos. [En esta página se puede encontrar el conjunto de enlaces visitados].

Por otra parte, para ese mismo sábado 23 de febrero, en Venezuela, se había proclamado el día D de todo el golpe. Aún dando por descontado lo que serían los titulares de los medios, pasé mucho tiempo del día asistiendo en vivo a lo que acontecía en las fronteras, para poderlo evaluarlo todo personalmente. El resultado, fue un presidente al que se le permitió organizar un golpe desde el interior, a plena luz de los medios (¡qué tremenda y criminal dictadura es esta, mis queridos jesuitas y obispos venezolanos!), parece que se ha exiliado para pedir la intervención militar desde fuera. El ejército y gran parte del pueblo  venezolano no han cedido al chantaje de la “intervención humanitaria”. Pero de esto hablaremos otro día.

Por fin, el domingo se sexagésima (así se designaba en mis tiempos), tras publicar la columna de Alberto, con un estilo ágil que nunca oculta el mensaje serio de fondo, me decido a poner al servicio de todos mis reflexiones finales sobre la reunión del Vaticano que acaba concluir.

  1. Me he dado cuenta de que el motivo de mi resistencia inicial a entrar en esa reunión era que se afrontase un tema relacionado con la sexualidad en un contexto de ostentoso clericalismo. Hago mía la condición primera que proponía Oscar Varela: fuera de la sala todo disfraz jerárquico (sotanas, fajines, solideos y pectorales que son como los uniformes, estrellas y medallas de un ejército bien jerarquizado). Mientras los responsables de la comunidad cristiana no se desvistan de sus rangos y privilegios y tomen el aspecto de personas normales (empezando por el siervo de los siervos) estarán planteando un escenario anticristiano.
  2. La presencia de la mujer es todavía turbadora en una reunión como esa y descubre la morbosidad que adquieren las cuestiones de sexo y género en un contexto clerical. ¡Cuánto revela que el papa tuviese que resaltar la intervención de Linda Ghisoni, experta en teología del derecho canónico, que habló muy atinadamente! Más grave que la desgraciada frase sobre el machismo con faldas fue su visión de “integrar a las mujeres como figura de la Iglesia en nuestro pensamiento. Y pensar también en la Iglesia con las categorías de mujer”. Todo es más sencillo, querido Francisco: ¡las mujeres son personas y la Iglesia es comunión de personas, creyentes y corresponsables, iguales en todo a todos los demás! ¡Olvídese de María, de la Iglesia y de su capacidad maternal para reconocer su dignidad! [Véase aquí la ponencia de Ghisoni y la intervención de Francisco].
  3. Entre las muchas intervenciones públicas y publicadas [Véanse aquí de nuevo un resumen del programa, con el acceso al vídeo y a los textos de cada ponencia] hubo reflexiones valiosas. Yo destacaría las de Linda Ghisoni sobre accountability o rendición de cuentas, el card. Marx sobre transparencia en la comunidad creyente y la periodista mexicana Valentina Alazraki sobre comunicación. Ellos y otros dijeron cosas muy valiosas que seguramente hicieron reflexionar. Pero yo eché en falta otras ponencias hechas desde la psicología y la teología moral. Creo que la incapacidad del estamento jerárquico clerical a plantearse a fondo este problema de los abusos sexuales es la ignorancia supina de cómo surgen y condicionan la conducta los impulsos sexuales y el fixismo absurdo de la moral oficial de la Iglesia en esta materia. Mientras se siga manteniendo que todo goce sexual fuera del matrimonio, tanto de pensamiento como de obra, es pecado mortal, es imposible pretender una “educación al celibato” sana como se pretende para evitar abusos criminales.
  4. En el discurso final, el papa Francisco, extendió el mal de los abusos a todos los ambientes educativos, desde la familia a las parroquias. Y ve tan enorme este mal que no tiene más explicación sobre él que el Mal supremo, Satanás lo llama, sin dejar claro si se refiere a un sujeto de naturaleza angélica o a una metáfora retórica. No es esa la única explicación, Francisco. Aquí se me revuelven las entrañas pues he vivido demasiado tiempo en esa cultura clerical católica que hoy veo desde fuera. Y ahí veo ahora claro con qué mecanismos morbosos se iba queriendo formar una castidad angelical totalmente antinatural. En esta reunión tendría que haber estadoEugene Drewerman, un verdadero profeta para nuestro tiempo. Se tendría que levantar no solo el secreto pontificio sobre los casos gravísimos que deberían estar en los archivos del Vaticano, sino el secreto de confesión para que todo lo que se ha conocido en estas circunstancias pudiera ser trasladado a expertos, quienes, sin entrar en casos concretos, pudieran hacer un estudio clínico a fondo de las patologías típicas del clero y de ambientes católicos en cuestiones de sexo y género. Un congreso honrado, transparente y crítico sí que hubiera puesto el dedo en la llega y dado explicaciones de lo sucedido en este caso de los abusos (¡no solo a menores en edad sino a personas influenciables al poder de personas aureoladas de santidad profesional!) sin tener que recurrir al “poder del Maligno”.
  5. Abro este blog no solo al derecho legítimo de expresar su indignación por cómo se ha desarrollado esta reunión, sino a análisis crudos del problema y de los verdaderos remedios para afrontar esos males, con minúscula. Entretanto mantengo para mí la luz que me proporcionó aquel libro Clérigos. Psicograma de un ideal, de Drewerman, que hoy todavía es el mejor referente que conozco.

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