Llamas en París: “Francisco, repara mi casa”

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Tragico fuego en Notre Dame

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Andrés Palma Valenzuela, Profesor Titular de la UGR * Ideal de Granada

“Quizá sea éste el momento de aplicar sin complejos el Vaticano II o de convocar el III; quizá sea la oportunidad de asumir, con todas las consecuencias de ello derivadas, que la Iglesia es el Pueblo de Dios en que los laicos, y en particular la mujer, deben ocupar de forma efectiva todos los lugares”

“¿Oiremos la voz que desde las llamas parisinas lanza mensajes concretos, como un día Moisés descifró la voz de la zarza ardiente del desierto?”

Buscando identificar nexos entre revelación e historia de la humanidad, planteó el Vaticano II un reto, aún desconcertante para algunos: «Es deber […] de la Iglesia escrutar […] los signos de la época e interpretarlos a la luz del Evangelio […para] responder a los […] interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y […] futura» (G. S. 4).

Un desafío que, como señaló el gran analista González de Cardedal, responde a la evidencia de que la acción divina precisa mediaciones y protagonistas humanos; sobre todo, cuando los hechos históricos adquieren tal espesor que resulta difícil advertir las exigencias de la verdad y del sentido de la Historia o percibir «de dónde vienen los vientos o los vendavales [o…] dónde se abre paso la luz y […] se introducen las tinieblas».

Estamos seguros de que el incendio sufrido por Nôtre Dame, aún siendo un hecho accidental, supone un hito cuya densidad genera hondas emociones eclesialesnacidas de la percepción de la Historia como un gran río que, tras inundar y arrasar la superficie, también la fecunda y cubre con sedimentos que garantizan nuevas cosechas. Una ocasión propicia para descubrir el mensaje que un suceso de tal envergadura entraña; y captar interiormente, guiados por los profetas de Israel, significados invisibles desde la experiencia común, con los que se identifica un creciente número de personas. Asumiendo que, desde una visión religiosa de lo real, lo que para muchos es algo fortuito, para los cristianos supone una expresión de la presencia y acción divina en la Historia, entendida como Historia de Salvación.

Quizá fuese una experiencia similar la vivida por aquel joven de Asís en 1205 cuando recibió una llamada que sonó así a sus oídos: «Francisco repara mi casa»; como experiencia evocada por la invitación del presidente francés a reconstruir Nôtre Dame, pensée pour tous les catholiques et pour tous les français.

Es posible que fuese un impulso similar al recibido por un atípico Papa, autodenominado Francisco como síntesis de un programa pastoral que no todos aceptan.

¿Será ésta la concreción de un sueño que el Espíritu de Dios regala a quienes envía como profetas para momentos históricos en que algunos creen «que todo está en vías de destrucción»? ¿Será ésta una ocasión en que lo «no pensado» dé «que» pensar?

Lo impensado siempre es una fuerza generadora de nuevas ideas, hoy tan necesarias en ámbitos eclesiales desconcertados y desanimados por razones muy diversas. En contextos donde muchos rumian durante los días de Pascua estos versos: Santa Iglesia de Dios que vas pasando/ Señor Jesús que pasas por nosotros resucitando/ y a tu paso vital arrastras el lento caminar de un pueblo viejo cansado de esperar. /Pasa pronto Señor, no tardes tanto. /Que la tardanza agobia, / y el agobio entristece, y la tristeza mata, / y el que muere perece. /Pasa y haz que pasemos…

Quizá sea éste el momento de aplicar sin complejos el Vaticano II o de convocar el III; quizá sea la oportunidad de asumir, con todas las consecuencias de ello derivadas, que la Iglesia es el Pueblo de Dios en que los laicos, y en particular la mujer, deben ocupar de forma efectiva todos los lugares y espacios que exige su dignidad de bautizados, negados por un clericalismo denunciado por el Papa Francisco, al que algunos se muestran refractarios. Quizá sea la hora de iniciar de veras la construcción de una Iglesia más sensible y empática con las realidades y el lenguaje actual, sin dejar de ser sal y luz de la Tierra.

El Espíritu siempre sopla cuando quiere e inesperadamente. En un momento histórico en que, como afirmaba la canción de finales del siglo XX, arde Paris conmigo dentro¿oiremos la voz que desde las llamas parisinas lanza mensajes concretos, como un día Moisés descifró la voz de la zarza ardiente del desierto?

* Publicado originariamente en Ideal de Granada

 

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