EL HOMBRE QUE SUSPIRABA

 

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Dolores Aleixandre. alandar

Me parece que ya escribí algo en ALANDAR con un título parecido, pero he vuelto a leer el texto del Evangelio en el que aparece Jesús suspirando y me vuelve el deseo de decir algo más sobre ese tema del suspirar. Me he puesto a pensar (invito a quien lo lea a hacer lo mismo) sobre cómo reaccionamos cuando algo nos impacienta, harta o exaspera y detecto varias modalidades: hay quien resopla (es mi caso) ¡uffff!, inflando los carrillos y soltando el aire con fuerza; otros tensan el entrecejo para dejar ver su contrariedad; otros trasladan el enfado a sus pies y golpean el suelo con mayor o menor intensidad; otros braman por lo bajo y mascullan entre dientes y otros se levantan y se van dando un portazo. Veamos qué pasa en la escena de Marcos 8,11-13: “Se presentaron los fariseos y comenzaron a discutir con Jesús, pidiéndole una señal del cielo, con la intención de tenderle una trampa. Jesús, dando un profundo suspiro, dijo: -¿Por qué pide esta generación una señal? Os aseguro que a esta generación no se le dará señal alguna. Y dejándolos, embarcó de nuevo y se dirigió a la otra orilla”

Están cuestionando la identidad de Jesús y su exigencia es clara: queremos una verificación experimental, demuestra tus competencias, haz algún milagro, presenta algún portento, ofrécenos una prueba irrefutable de que “el cielo” está de tu parte.

Han dado en hueso: Jesús no hace nunca un signo que no esté en relación con la corporalidad de la gente concreta: sus gestos tocan y transforman personas de carne y hueso y deja su interpretación, abierta y confiadamente, a quienes estén dispuestos a dejarse trabajar por lo que han visto, oído y experimentado.

Por eso es tan inmediata y tan sonora su reacción que sube de lo más profundo de sí mismo antes de convertirse en palabras tajantes. El verbo griego anastenazo indica un movimiento de abajo hacia arriba, un suspiro/gemido que brota de las profundidades de su espíritu, como si estuviera buscando en lo más hondo de sí mismo fuerza para soportar tanto desaliento y tanta decepción. Lo que hace después equivale a un portazo: se da la vuelta y se monta en la barca para alejarse cuanto antes de aquel grupo indeseable.

Pero es precisamente ahí, cuando esperaba relajarse en compañía de los suyos, donde le espera algo peor y son sus propios amigos los que le decepcionan (“pero ¿qué he hecho yo para merecer esto?”, pensó quizá en sus adentros). Unos discípulos obtusos no entienden ni una palabra de lo que él les dice y se dedican a comentar por lo bajo agobiados que solo llevan un pan (equivalente a “¡Vaya! Se nos ha descargado la batería del móvil…”). Y a él le brota de nuevo la impaciencia: “-¿Aún no entendéis ni comprendéis? ¿Es que tenéis embotada vuestra mente? Tenéis ojos y no veis; tenéis oídos y no oís. ¿Es que ya no os acordáis?”. El reproche por su desmemoria es grave: acaban de vivir junto a él el signo de los panes y peces en el desierto, cuando todos los de aquella multitud “comieron hasta saciarse, y llenaron siete cestos con los trozos sobrantes” (Mc 8,1-13). Si se han saciado en el banquete ¿cómo es posible que den tantas vueltas a lo que les falta? ¿Cómo pueden agobiarse si viaja en su misma barca el Excesivo, el Derrochador, el Desmedido, el Espléndido?

Estamos en tiempo de Pascua. Es tiempo de despojarnos de lutos, agobios y pesadumbres, tiempo de decidirnos a tirar al fondo del lago abatimientos, decepciones y desánimos. No es tiempo de suspiros: alguien nos espera en la orilla con panes y peces preparados para nosotros.

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