¿Siete mujeres para un dicasterio romano? Antonio Gil de Zúñiga

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Antonio Gil de Zúñiga. Atrio 

 En una jota extremeña se canta: “Tiene Guadalupe hermoso/ lo que no tiene Madrid/ Las siete mujeres fuertes/ en su hermoso camarín”. El nombramiento de siete mujeres “fuertes” nombradas por el Papa para el Dicasterio de la Vida Religiosa ha sido noticia de estos últimos días. Eso sí, al frente de dicho Dicasterio está un hombre. La pregunta más inmediata ante esta noticia es: ¿estas siete mujeres han sido elegidas para que se las “contemple” como figurines en el hermoso Dicasterio vaticano o van a tener una responsabilidad en las decisiones de dicho organismo curial? Se puede decir que es una buena noticia, porque algo es algo y menos da una piedra, y que es un gesto positivo del Papa en el reconocimiento del rol eclesial de la mujer. Mucho me temo que esta noticia sea eso, un gesto, un adorno, porque es mejor cambiar algo para que el sistema permanezca inalterable. Y tengo mis razones.

        ¿Se trata en realidad del reconocimiento del derecho de paridad entre hombres y mujeres en la Iglesia?; ¿es un primer paso hacia la corresponsabilidad eclesial? Si es así, yo diría que es un primer paso sin apenas relevancia, pues, como recuerda el papa Francisco en su carta al cardenal Ouellet, refiriéndose al laicado en general: “la Iglesia no es una élite de los sacerdotes, de los obispos, sino que todos formamos el santo Pueblo de Dios”, pero “el clericalismo lleva a la funcionalización del laicado, tratándolo como “mandaderos”. ¡Y las mujeres aún más!, pues en las parroquias y comunidades no son otra cosa que “mandaderas” del clérigo, del varón. De ahí que la Iglesia jerárquica, el Vaticano entero, ha de pasar de los gestos a la normativa que reconozca de hecho la igualdad de género en la Iglesia. El Papa, el Vaticano, el llamado G-9 curial que lleva tres años de reuniones sin resultados palpables, no pueden mirar para otro lado como si esto de la igualdad de género fuese un asunto exclusivo de la sociedad civil. No es un asunto menor; tiene una gran relevancia eclesial, ya que hay un “modus vivendi” de movimientos y asociaciones eclesiales (Somos IglesiaAsociación de mujeres y teología…) que demandan la paridad de derechos entre hombres y mujeres, como también de laicos y clérigos, en la Iglesia.

        Hay que pasar, pues, del gesto a la normativa. No se puede esperar a que haya un cambio profundo, una metanoia, en las convicciones de la jerarquía católica. De la norma al cambio de actitudes; es el camino más rápido y eficaz en la sociedad civil y, más aún, en la Iglesia. Si no hay norma nítida y clara, no hay nuevas convicciones. Se puede comprobar día tras día como ocurre con la Conferencia Episcopal Española, que abiertamente no está por la labor de establecer la paridad entre hombres y mujeres, si nos atenemos a la noticia de estos días. En manifiesta oposición al movimiento feminista ha organizado en Ávila para esta semana hasta el domingo 21 un curso para monjas en formación sobre “la ideología de género y su influencia en la teología y la vida cristiana”, a cargo de una teóloga de la Universidad del Opus Dei de Navarra; teóloga de radical oposición al movimiento feminista en la Iglesia con el argumentario ya establecido y poco original: que el feminismo rechaza que Dios es Padre, que Jesucristo es varón, que pone en peligro a la Iglesia tradicional, que…, y todo ello porque el movimiento feminista eclesial, entre otras cosas, pone en evidencia que la Iglesia se rige por un sistema patriarcal. Con razón argumentaba Theilard de Chardin que en la Iglesia cualquier realidad nueva se presenta como una herejía y, por lo tanto, se rechaza sin más. Tal vez habría que ir más lejos con E. Schilebeeckx: “La Iglesia es, en efecto, un aparato ideológico que acompaña de hecho al orden establecido, por así decir prestándole cobijo”.

        Una vez más el Vaticano ha perdido la oportunidad. El gesto del nombramiento de siete monjas para el Dicasterio de la Vida Religiosa podría haber sido más llamativo en el sentido de dar pasos sólidos a favor de la igualdad de género, si una de estas mujeres hubiese sido nombrada presidenta del mencionado Dicasterio. Mucho me temo que estén ahí de florero, de adorno para ser contempladas en su “hermoso camarín”, como canta la jota extremeña, calladas y sumisas, porque lo dicho por Pablo de Tarso en su carta a Timoteo es norma y ley en la Iglesia de hoy: “No permito que la mujer enseñe ni que domine al hombre” (1 Tim 2,9-12).

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