AGUA EMBOTELLADA O AGUA DEL GRIFO: ¿CUÁL ES MEJOR?

España es el cuarto país europeo que más agua embotellada consume –115 litros por persona al año–, solo por detrás de Italia, Francia y Bélgica. Pero, dejando a un lado las cuestiones de sostenibilidad y precio, ¿es realmente mejor que el agua que sale del grifo?

 

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ETHIC

Interior de un restaurante. Te sientas a cenar con unos amigos. Pedís unos cuantos platos… ¿Y de beber? Agua. Si no indicáis lo contrario, a los pocos minutos el camarero llegará con una botella para todos o, en el peor de los casos, con una para cada comensal. Además, probablemente, de plástico. Repitamos esa escena un par de veces a la semana, alguna más si comemos fuera habitualmente, tenemos salidas de trabajo o acontecimientos especiales. Y, multipliquémosla si, en nuestra casa, también consumimos agua comprada en el supermercado.

Según datos de la Federación Europea de Aguas Envasadas (EFBW, por sus siglas en inglés), España es el cuarto país que más agua embotellada consume –115 litros por persona al año–, solo por detrás de Italia, Francia y Bélgica. Unos ponen en duda el origen del agua de grifo, otros se sienten más seguros consumiendo agua de botella y muchos alegan que el sabor de esta es mejor. Según la EFBW, consumir agua embotellada es garantía de calidad, pero… ¿es realmente mejor que la de grifo?

Desde el punto de vista sanitario, la mayoría de los expertos coincide en señalar que tanto el agua mineral embotellada como la de grifo cumplen todos los requisitos para su consumo, y que las propiedades de una y de otra son igual de buenas y beneficiosas para nuestra salud. En la mayoría de los países industrializados, el agua corriente se obtiene de distintas fuentes, manantiales, ríos o embalses, y suele recorrer largas distancias hasta llegar a los hogares. Por eso, la ley obliga a que se desinfecte con componentes químicos –como el cloro– que garantizan la seguridad de su consumo. Entonces, ¿sigue siendo seguro consumir agua de grifo? La Organización Mundial de la Salud (OMS) asegura que los beneficios de desinfectar el agua superan los posibles riesgos.

Tanto a nivel europeo como nacional, las distintas legislaciones están destinadas a garantizar que el agua de consumo de las redes de abastecimiento públicas sea salubre, eliminando o reduciendo la concentración de contaminantes microbiológicos y físico-químicos que puedan afectar a la salud de las personas. De hecho, en España se ha desarrollado una normativa que establece los límites de sustancias que se pueden encontrar en el agua potable: el Ministerio de Sanidad asegura que el 99,5% del agua de España es apta para su consumo, datos que encajan con los de la Agencia Europea de Medio Ambiente, que señala el 98,5% del agua española cumple con los estándares de calidad y seguridad para ser consumida.

Por este motivo, organizaciones como la Asociación Española de Operadores Públicos de Abastecimiento y Saneamiento (AEOPAS) cuestionan el sentido de consumir agua embotellada. «La ley española obliga a hacer un análisis continuo de todo el recorrido que hace desde el lugar de captación, pasando por la entrada en la planta de tratamiento para su potabilización, hasta llegar al sistema de distribución final a los hogares», afirma Antonio Ramírez de AEOPAS.

Según los datos del Ministerio de Sanidad, el 99,5% del agua de España es apta para su consumo

Por el contrario, el agua embotellada recibe un único control, que se realiza al envasarse. «A partir de ese momento, las botellas pasan a un almacén (cerrado o abierto) y luego un transporte por carretera hasta los puntos de distribución o consumo sin más controles», añade Ramírez. Además, plantea que los plásticos donde se envasan no son naturales y cuando permanecen mucho tiempo expuestos a temperatura ambiente liberan sustancias químicas que pueden alterar el organismo. En cualquier caso, hay que resaltar que no hay estudios que demuestren que las botellas de plástico ponen en riesgo la vida de las personas.

Entidades como la Asociación de Empresas de Aguas de Bebida Envasadas (Aneabe) aseguran que consumir agua embotellada es mejor que hacerlo directamente del grifo debido a su origen natural, ya que se obtiene siempre de las mismas fuentes subterráneas protegidas de cualquier tipo de contaminación. Ese argumento también lo esgrime el Instituto de Investigación Agua y Salud que, además, pone en duda el estado del agua de grifo por su origen, ya que suele proceder de embalses, ríos y desaladoras.

Atendiendo a cuestiones de sostenibilidad, la acumulación de toneladas ingentes de plástico –que, a menudo, terminan en los océanos donde permanecen durante décadas– sería motivo más que suficiente para no consumir agua embotellada en aquellos lugares donde se pueda consumir del grifo ya que, si hacemos caso a las pruebas presentadas por los organismos oficiales, esta cumple con todos los estándares de calidad y seguridad. Además, el precio es otra razón que inclina la balanza: la Comisión Europea estima que un litro de agua del grifo cuesta alrededor de 0,002 euros, frente a los 1,5-2 euros (o incluso 4 euros si hablamos de marcas de moda o en ciertos recintos) de la embotellada, es decir, 500 veces su valor.

Como afirma Ramírez, este debate «nos debería hacer pensar en la posibilidad de llevar a cabo un suministro de agua universal a toda la población». El acceso al agua es un derecho universal declarado por Naciones Unidas –y el sexto de los Objetivos de Desarrollo Sostenible a alcanzar antes de 2030–, lo que significa que toda persona tiene derecho a un agua potable de calidad y a una cantidad mínima al día, así como a un saneamiento adecuado de las aguas residuales para el desarrollo de una vida digna. «Es necesario una gestión pública del agua, ya que es el mecanismo más eficaz para ofrecer un mínimo vital a personas con problemas para su coste», concluye.

En las oficinas cada vez son más los que apuestan por rellenar botellas reutilizables de cristal o metal, o por coger un vaso de la cocina cuando tienen sed en lugar de acercarse a la máquina de vending. También aumentan los que le piden directamente una jarra de agua al camarero para evitar que se la lleve embotellada: un gesto que, además de notarse en el bolsillo, también se nota en el planeta.

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