Creer a Greta. Alba Muñoz

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Greta Thunberg. EFE

Alba Muñoz. eldiario.es

Debo reconocer que la campaña de desprestigio contra Greta Thunberg está resultando muy entretenida. El choque entre fans y haters de la activista sueca contiene todos los preceptos de lo que hoy consideramos una buena serie: nada es lo que parece y tú, espectador, formas parte del juego.

Hablemos, pues, de Desmontando a Greta. Ya tengo algunos personajes preferidos. Por ejemplo, los medios de comunicación que tratan de ensombrecer la imagen de Thunberg sin negar el calentamiento global, es decir, sin perder la compostura. Ellos son mis favoritos: “La huelga escolar estuvo coordinada”, “Hay un entramado de multinacionales ecológicas apoyándola”, “¡Al Gore!”, “Ese barco no es tan ecológico como parece”. Candor puro. 2019 y aún hay quien se sorprende de que detrás de una líder global de dieciséis años haya inversión, estrategia e intereses. En el fondo, lo que estos medios tratan de decirnos es que un movimiento ecologista y progresista —hippie— no puede tener inversores, estrategia ni intereses. Dicho de otro modo: una niña con dos trenzas que quiere salvar la tierra no puede tener vínculos con un empresario que quiere forrarse a base de alternativas a los combustibles fósiles. La niña debe ir sola, ser humilde y sobre todo, pura. Una líder ecologista como ella debería ganarse el poder de influencia al estilo Jesucristo. Greta, díselo tú: madurad un poco, tíos. We are in capitalismo.

Una de las cosas más divertidas de Desmontando a Greta es la inversión de roles. Mientras los medios escenifican la gran decepción con la niña activista, muchos usuarios de las redes sociales han empezado a jugar a lo contrario. Ellos ya lo sabían: “Todo es marketing. Me pinchas y no sangro”, “La niña es una víctima desde el principio”, “¿De verdad alguien pensaba que era espontánea?”. En Internet, hay una máxima: el desconfiado parece siempre más inteligente. Hay que desconfiar de todo porque vivimos en la era de las fake news, nos vigilan y nos manipulan. Vale, de acuerdo, nosotros permitimos que nos hagan todo eso, pero en las redes sociales debemos parecer muy críticos y muy escépticos. Aunque eso implique caer en una trama conocida: la de los árboles que no dejan ver el bosque. Y sí: el bosque es el futuro de la vida humana en este planeta.

Supongamos que muchas de las informaciones negativas o realistas —según se mire— sobre el equipo y los aliados de Thunberg se han llevado a cabo por simple criterio periodístico: ella es una figura relevante a la que hay que investigar, como se hace con todas. Estoy de acuerdo. Pero también puedo decir que nada de lo publicado es realmente grave o sorprendente. Otro asunto son los titulares o el framing de esas informaciones: nos hacen creer que se ha desenmascarado a la niña marioneta, nos hace sentir, incluso, que tiene objetivos maléficos —¿es que no habéis visto la cara de pérfida que tiene en esta foto?—. En lo que estos artículos son realmente efectivos es en crear un debate paralelo —¿Es Greta una gran mentira?— para desviar la atención sobre la urgencia de presionar a nuestros líderes y conseguir paliar los efectos del calentamiento global. Y este es, en esencia, el cometido de Greta Thunberg.

Dudar de todo es una actitud interesante. En tiempos de sobreinformación y redes sociales, la hiperconciencia sobre nuestra propia manipulación—con mayor o menor grado de postureo— no parece ser infalible a la hora de permitirnos discernir lo importante o formarnos nuestro propio criterio. Al parecer, mucha gente piensa que no creerse nada y desconfiar de todo en internet es un no-posicionamiento, algo así como el voto en blanco, un mantenerse al margen del sistema. Bueno, pues malas noticias: no es así. De hecho, los usuarios ultraescépticos son un caramelo para ciertos grupos de poder reaccionarios aficionados a intervenir en elecciones democráticas. Buscan usuarios dispuestos a decir que dudan de todo excepto de las teorías conspirativas.

Desmontando a Greta es canela fina. Yo creo que está a punto de adentrarse en el terreno de la metaficción y que nos va a involucrar aún más como espectadores. Si dos cosas hemos aprendido durante la segunda década del siglo XXI son: 1. Hemos sido engañados; y 2. La importancia del relato. Una mente conspiranoica de altísimo nivel tuitearía hoy mismo lo siguiente: “Ya verás como Netflix acaba sacando un documental sobre cómo nos tragamos la historia de la niña ecologista”. Piénsalo bien. Es posible que Greta tuviera más fans y menos haters si fuera un personaje de ficción. Se hablaría mucho más de la niña con síndrome de Asperger que cruzó el Atlántico para avergonzar a decenas de políticos y entregarles un dossier con cientos de datos científicos tan sombríos como incuestionables. Diríamos: ojalá tuviéramos líderes como Greta.

Lo que quiero decir es que aunque Greta Thunberg fuera una heroína de Marvel tendría sentido apoyarla. Representa la acción ante la pasividad generalizada, la utopía frente a la distopía, o algo mucho más sencillo: que aún deseamos algo, que aún estamos vivos. Que queremos vivir.

Para pasar a la acción necesitamos, entre otras cosas, datos fiables y necesitamos un relato. Pues bien, Greta Thunberg es una opción. Una de muchas. No debemos verla como una mesías: solo es una niña valiente e inteligente que soporta una gran atención mediática. Tampoco debemos creer que los jóvenes activistas contra el cambio climático son los nuevos hippies buenistas abraza-árboles, solo que más depresivos y con purpurina por la cara. No lo son. Greta y las chicas y chicos de su generación saben perfectamente que ya no estamos a tiempo. Son conscientes de que no habrá salvación y que solo habrá adaptación. Son realistas porque ellas y ellos serán quienes vivan aquí. Muchos lucharán por ganar el máximo de tiempo posible.

La aventura de Greta Thunberg empezó hace unos tres años, en su casa de Estocolmo. Greta veía las noticias sobre el deshielo del Ártico y pasaba días devastada. Su síndrome de Asperger la impulsó a buscar compulsivamente toda clase de artículos e informes científicos y, como ella dice, a “no creerse las mentiras”. Puede que Thunberg sea una niña adorable con dos trenzas y un chubasquero amarillo, pero desde luego ha visto la oscuridad que se aproxima. Creer a Greta es cosa tuya.

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