Tiempo y tiempo… tiempos… Rosa Ramos


Rosa Ramos. Amerindiaenlared

“Todo tiene su tiempo…

Su tiempo el llorar, y su tiempo el reír; 

su tiempo el lamentarse, y su tiempo el danzar.”

Son muy conocidos estos versículos y otros del capítulo 3 del Qohelet (en voz hebrea) o Eclesiastés (en voz griega) que recogen la experiencia sapiencial. Si seguimos leyendo veremos un dejo de amargura, de desazón, ante lo que para los antiguos semitas era ineluctable: “nada hay nuevo bajo el sol”. Para los cristianos, en tanto, la vida tiene posibilidades inéditas, la historia está abierta desde el amor de Dios aconteciendo una y otra vez, siempre nuevo.

Hoy comparto esta reflexión sobre los diversos tiempos en que experimentamos ese acontecer de Dios que nos humaniza. También la muerte es -o puede ser- lugar teológico y teofánico. 

Hay tiempos de gestas heroicas, de grandes movimientos sociales que nos colocan codo a codo en la calle, como vimos a raíz de la muerte de George Floyd-. Existen otros tiempos que son de crisálida,  en que la densidad de Dios acontece discreta en nuestros gestos de amor más íntimos, incluso mínimos, en lo cotidiano: alimentando a un niño, cuidando a un enfermo.

Todos los tiempos son de Dios y todos los tiempos son nuestros. Podemos vivirlos con mayor o menor consciencia… de ahí la percepción o no del kairos: tiempo propicio, de salvación.

A veces los tiempos exigen grandes rebeldías, que son fruto de sensibilidades que se niegan a aceptar lo indigno, mísero o injusto de la vida, fruto maduro de los grandes corazones ardientes. Así se dinamizan revoluciones (políticas, sociales, artísticas), logrando -algunas veces- mover una milésima de milímetro la historia. 

Milésimas muy difíciles de mantener sin que las devore la entropía o la desidia. Porque también retrocedemos, perdemos los avances conquistados y llegan tiempos oscuros, de lamentación. A veces por omisión, por repliegue, porque no nos da la talla para resistir, para defender las rebeldías y avanzar otro milímetro hacia la humanización. 

Sin embargo hay un fuego interior inextinguible en los seres que bregamos por ser humanos, que hace posible que la vida y la historia se sostengan en pie de un modo misterioso desde la cotidianidad invisible. En esa cotidianidad fiel de soles y lluvias, de días, meses o años (a veces cientos de años) permanece como rescoldo fiel la reserva del fuego sagrado. 

A los tiempos de empuje, de rebeldía, de decir fuerte “NO, basta”, o de decir un “SÍ” rotundo y lanzarnos tras una utopía promisoria, los podemos llamar tiempos proféticos. 

Tiempos en que nos parece clara la voz de Dios en la historia llamándonos a empujar esos milímetros y la compartimos, la hacemos resonar para convocar a otros. Claro que nuestro ánimo en esos momentos es tan elevado que nos parece casi alcanzar la parusía y no pocas veces nos engañamos, también cometemos errores de los cuales nos es difícil hacernos cargo.

A veces son esos errores o esos retrocesos históricos, ese encallarse del proceso evolutivo de hominización, el que nos hace entrar en otros tiempos que podemos llamar más sapienciales. 

Tiempos sapienciales son esos en que buscamos conectar humildemente con la fuente última, rendidos ante el Misterio o ante lo que suponemos es el “silencio de Dios”. Sentimos que no es mucho lo que podemos hacer y que es tiempo de ir a las raíces, de aprender a leer la propia historia y la de nuestro pueblo, en procura de “entender” desde otro lugar. Algunos buscan claves en sabidurías de los ancestros, otros en los textos sagrados, otros en los grandes místicos… Tiempo de alimentar una espiritualidad de escucha profunda. 

En la historia de Israel, y también en la historia occidental, podemos reconocer esos dos tipos de tiempos, proféticos y sapienciales. Distinguimos períodos, textos y lenguajes de uno u otro.

Por otra parte, esos tiempos o esos modos de descubrir y hacer la experiencia de la presencia de Dios en la historia coexisten también en un mismo momento histórico. Vale decir, podemos estar en el mismo siglo XXI y captar que en un lugar del planeta se vive un tiempo profético fuerte y en otro lugar un tiempo de silenciosa rumia sapiencial.

Asimismo hay personas que tienen un modo de relacionarse con Dios y con los otros que podemos calificar como más profético o más sapiencial. Algunas las reconocemos con talante y vida de profetas, llenas de celo por la dignidad humana; y, a otras, con una presencia serena que trasunta paz en medio de los conflictos. También hay grupos humanos, comunidades y familias, con rasgos más proféticos o más sapienciales.

Tiempos proféticos y tiempos sapienciales, personas, comunidades, familias con uno u otro acento: se trata de diversos modos de encuentro-desvelamiento-revelación del Misterio que se hace historia y que nos habita. 

Los diferentes tiempos y modos de encuentro son ambos necesarios, mantienen la tensión de la vida y de la historia. Se trata de discernir y vivir atentos en “la hora” precisa, en “el lugar” adecuando, amando y sirviendo, generando vida y comunión, alentando, bendiciendo.

En estos días tuve la oportunidad de estar cerca -a la distancia- de un acontecimiento muy natural -morir- pero vivido de un modo muy especial por la persona y su entorno familiar. Es que acoger lo que la vida ofrece (también la muerte) aquí y ahora con sabiduría, constituye un gesto proféticocapaz de abrir caminos nuevos de fecundidad y esperanza para muchos.

Alguien que había vivido valientemente opciones que podrían calificarse de proféticas, cuando aún soñaba vivir veinte años más al filo de nuevos desafíos en otras tierras, debió confrontarse con la enfermedad: afincarse, confinarse, aquietarse, cuidarse, dejarse cuidar… tiempo de crecer en sabiduría, de masticar el misterio lentamente. Más temprano de lo que esperaba le llegó el tiempo de parto y dedicó su último día, sus últimas horas, a una despedida plena de vida, de emoción, de abrazos físicos y virtuales. Vivió su muerte, saboreó su amargor dulce. 

Nacer y morir, son dos partos igualmente importantes, que nuestra sociedad separa de modo tajante. Sin embargo nacer y morir merecen ser vividos con idéntica dignidad, lucidez, apertura y amor. Saber vivir es saber morir. Quien saborea la vida, puede vivir y saborear su muerte. Eso es sabiduría de vida, pero en tiempos actuales es también un gesto audaz y profético.

Pleno de gratitud se entregó. Y plena de gratitud lo entregó la familia, amándolo, con mil gestos de ternura exquisita, incluido el video adjunto. 

Hay un tiempo para nacer y un tiempo para morir, un tiempo para abrazar y un tiempo para soltar… y Dios acontece en unos y en otros. Con sabiduría se rumia, con profecía se proclama.

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