Terraplanistas de la vida

Almudena Colorado. Pastoral Sj.

El otro día me topé con la siguiente noticia en uno de los informativos de la tele: un grupo de jóvenes había emprendido una travesía en barco en busca del fin del mundo y así demostrar la teoría de que la Tierra es plana. No lograron probar que existía dicho fin. La expedición argumentó que fue debido a la prohibición por parte de los gobiernos para entrar en la Antártida, lo cual alentó en ellos la idea de que había «altas esferas» que querían ocultar por razones conspirativas la verdad sobre la forma de nuestro planeta.

En mi opinión, cada uno es libre de seguir la teoría, ideología, creencia o quimera que quiera, siempre y cuando no genere un daño al mundo y a quienes lo habitamos, pero también siempre y cuando se sea capaz de combinar los sueños con el sentido común.

Como profesora de Bachillerato, cada año me toca acompañar a mi alumnado en el sufrimiento y ansiedad que les produce la posibilidad de no hacer la carrera que quieren. Y todos los años pienso mucho en esto de si los sueños hay que perseguirlos a toda costa. Es fundamental tener un sueño en la vida. Uno o varios. No hubiéramos llegado a la Luna o elaborado la Declaración de los Derechos Humanos (por citar algunos ejemplos) si no hubiéramos seguido una voz que desde nuestro más profundo interior nos insistía en hacerle caso. Pero creo fundamental contar con ciertos factores:

  1. Hay que preguntarse por qué persigo ese sueño. Leí en una entrevista a la directora de cine Isabel Coixet que, si quien quiere dedicarse al cine lo hace por presunción o búsqueda de fama, más vale que se dedique a otra cosa. Si tu sueño está ligado más a fines materiales que a otorgar un sentido profundo a tu vida, quizás no merece la pena embarcarse en su consecución.
  2.  Después: el sueño que persigo, ¿es posible? No me refiero a si se va a cumplir. Lo que quiero decir es si tengo opciones a mi favor que me hagan pensar que puedo cumplirlo. El realismo en la lucha de un sueño es necesario para no quedarnos colgados en una añoranza o frustración sin solución que nos impedirá disfrutar de lo que sí está en nuestra mano.
  3. Por último: tomar conciencia de que en el camino hacia el sueño hay que lidiar con la posibilidad de fracaso. Nuestros jóvenes no quieren ni oír esta palabra (tampoco sus padres). Hay que enseñar que el fracaso es parte del camino; que su adecuada gestión nos hace más fuertes y más maduros; que no necesariamente indica el fin del viaje, sino un «recalculando ruta». Fracasar muchas veces es lo que se necesita para alcanzar el éxito.

En fin, soñar es humano. Y necesario. Y maravilloso. Pero con cordura, con los pies en el suelo mientras la cabeza viaja entre nubes. También con el corazón abierto, para dejarnos sorprender. Dejar un cabo suelto a la sorpresa también forma parte de soñar.

Almudena Colorado

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