El Dios cómplice de María e Isabel

Un viaje sorprendente

Isabel Gómez Acebo. religion digital

Todo el relato de la visitación nos va a llevar de sorpresa en sorpresa máxime si nos ponemos en la mentalidad de una sociedad rural mediterránea del siglo I. Ya resulta extraño que lo primero que hace María, tras el anuncio del ángel, sea ponerse en camino para visitar a su prima Isabel. La distancia entre Nazaret y el terreno montañoso de Judea es grande pues se calcula que no hay menos de 3 o 4 días de marcha y eso atravesando Samaria, una comarca que por las malas relaciones con los judíos, se solía evitar. Pero, además, nos dice Lucas que la joven sale sola. Los caminos no estaban desprovistos de bandoleros lo que la somete a la posibilidad de unos evidentes peligros físicos. Pero incluso vencidos éstos, quedaba la mala reputación que ese viaje supondría para una joven casadera a los ojos de sus contemporáneos.

Tan es así que prácticamente no tenemos cuadros en los que aparece María realizando este viaje lo que contrasta con la huida a Egipto. De ésta última tenemos representaciones en las que aparecen Jesús, María y José utilizando los servicios de un burro. ¿Por qué el viaje de María en solitario no ha trascendido ni al arte ni a la evangelización? Porque Lucas se salta todas las convenciones sociales con el deseo de que dos personajes claves de su evangelio puedan encontrarse aunque sea a través de sus madres.

Tan escandaloso es el viaje que hay quienes defienden que la ignorancia de la geografía de Palestina ha hecho que Lucas incurriera en un error calculando mal las distancias. De todas maneras nos tenemos que quedar con la idea de que no era bueno que las mujeres vieran un ejemplo de actuación en esta actitud. Una María que aparece independiente y dueña de sus actos no era lo más recomendable.

Sin entrar en el tema de la historicidad de los relatos de la infancia, Lucas nos presenta a María con un cuadro de valores distinto al que puedan tener sus vecinos. El destino de una mujer embarazada no se limita a parir y criar hijos sino que tiene que ampliar su horizonte mucho más. El horizonte de una mujer que sigue a Cristo se extiende hasta donde la lleva el papel que le ha encomendado su fe.

Algo así podemos leer cuando la joven se mueve impulsada por un Dios próximo a inaugurar una nueva era que va a suponer un cambio radical en las relaciones sociales.  Dios la inspira a dejar atrás un mundo de reclusión femenina y a seguir los caminos de Israel. Una actitud que preconiza lo que van a hacer las primeras mujeres cristianas, las que siguieron a Jesús desde Galilea y que luego extendieron la buena nueva por todo el imperio. No era malo que una de las primeras páginas de la buena noticia del evangelio ya mostrara sorpresas que vayan llamando la atención sobre el desarrollo posterior.

El encuentro de dos mujeres

María ha llegado a Ain Karim donde vivía Isabel. La primera respuesta al saludo de María viene del feto que lleva en el vientre Isabel pues la criatura da un salto que su madre se apresura a explicar. Las madres conocen las reacciones de sus hijos muchas veces antes de que se produzcan. Ella es consciente de que no era un salto cualquiera sino que estaba impulsado por el gozo de la nueva presencia. Ante lo asombroso del hecho y para que no haya errores la explicación viene de la mano del Espíritu Santo lo que demuestra que Dios sigue presente moviendo los hilos de la historia. Pero el mensajero de Dios ya no es el ángel que visitó a María sino que Dios utiliza a Isabel e incluso a su hijo embrionario para sus propósitos ¡Qué testigos y profetas más sorprendentes se busca Dios!

Isabel bendice a la joven y al niño que lleva en su vientre siguiendo toda la tradición judía de considerar a las mujeres en su capacidad de vientres reproductoresTodavía ella pertenece al mundo del AT y no conoce las puertas que Jesús va a abrir al mundo femenino. Es la primera vez que se escucha una bienaventuranza en el evangelio pero en este mismo episodio se volverá a escuchar.

La mujer mayor se asombra del favor que le ha concedido Dios de contar con la presencia de María en su casa pues la llama madre de mi Señor con lo que le reconoce al niño su identidad.  Es el Señor de Isabel y lo va ser de todo Israel. Mientras que muchos no fueron capaces de reconocerle en su vida pública ella, inspirada por el Espíritu no tiene problemas para, ante la presencia de María, vislumbrar el futuro. Emplea una frase semejante a la que utilizó su prima con el ángel y que demuestra su humildad pues se está considerando inferior a su visitante. Es la humildad de una mujer que se asombra que Dios la haya escogido para formar parte de este trozo de la historia. Se admira, bendice y se llena de alegría.  ¿Quién soy yo? pregunta. Nos encontramos ante dos mujeres humildes que no esperaban esos favores de Dios y que no se vanaglorian de su nueva situación.

            La bendición de Isabel abarca también la fe, la bendice porque ha creído y le asegura que las palabras del ángel se cumplirán. Sigue la línea que marcaron las palabras de Jesús a la mujer jerosimilitana que bendijo a su madre como pechos y vientre. La maternidad de su madre ni la de ninguna mujer cristiana se termina ahí sino que tiene que dar el gran salto al que empuja la fe que en el caso de María supuso hacerse discípula de su Hijo.

Mientras tanto, Zacarías, un sacerdote versado en las Escrituras  y conocedor de la faceta de hacedor de milagros de Dios no había creído el mensaje del ángel. En cambio la joven ignorante y casi niña no había tenido problemas para creer a su visitante aunque su mensaje la podía producir muchos problemas.

 El canto de María

María no puede reprimir por más tiempo su gozo e irrumpe en un himno de alabanza, el Magnificat,pues la experiencia abrumadora de la grandeza de Dios con la que se ha encontrado la obliga a exaltarlo. Es algo que le sale espontáneo y que se centra fundamentalmente  en la faceta salvadora de Dios. Un Dios que se fijó en ella con mirada de madre afectuosa, que hizo grandes cosas sobre su persona que harán que las generaciones la consideren bendita. Es a partir de ese momento que se ha considerado personalmente salvada y por ello goza, un sentimiento que compartirán todos los que sean capaces de entender las claves de esta faceta divina.

Pero además apunta a que lo que Dios ha hecho por ella se va a extender como una gran mancha de aceite sobre el mundo. El gran argumento en el que apoya su esperanza es en la misericordia de Dios que está abierto a todos. Una esperanza universal pero que se va a centrar primero en arreglar las desigualdades de este mundo pues como buena madre sabe que los hijos menos favorecidos están los primeros en el corazón de Dios.

Por eso entiende que el nacimiento del nuevo niño va a acabar con los privilegios y opresiones de algunos entrando de lleno en los 3 planos de la convivencia humana: económico, social y político. El Dios grande del Magnificat se enfrenta a los presuntamente grandes de este mundo y para Dios ya sabemos que no hay nada imposible. Dios saldrá ganador por mucha oposición que encuentre. El Magnificat tampoco deja de lado a Israel pues tiene una perspectiva nacionalista que responde a las esperanzas del pueblo elegido del que María forma parte y que son cumplidas en la persona de Jesús.

La complicidad de Dios

Dios ha movido sus hilos y las dos mujeres han entendido las claves por las que la acción de Dios discurría. Y no es de extrañar pues las 3 partes comparten un útero misericordioso. Tenemos que reconocer que a pesar de que en teoría Dios no tiene sexo en la práctica le hemos convertido en un varón. Eso sí, no siempre la Biblia ni la teología han podido reprimir brotes femeninos en su persona. “A su imagen los creó, varón y mujer, los creó” apoya la idea de que en las intenciones del Creador estaba participar por igual de la imagen de los dos sexos. Y nos encontramos textos en la Escritura que apoyan estas palabras.

Si Isabel bendecía a María como vientre preñado de su Señor era porque la imagen que mejor describía a las mujeres del AT era esa. Una imagen hija de la necesidad del pueblo elegido de multiplicar su número lo que no era fácil ante la mortalidad infantil. Es precisamente esta cualidad materna la que para los judíos hace a las madres misericordiosas por antonomasia Pues hay una intuición que comparten todos los pueblos y que consiste en la creencia de que las madres tienden a perdonar y a ayudar a sus hijos por encima de lo que se haría desde otras relaciones sociales.

Tan es así, que en hebreo la palabra rahamimque tiene un sentido originario de útero materno acabó expansionándose para significar compasión, piedad, misericordia y amor. La forma verbal supuso tener misericordia y el adjetivo equivalia a misericordioso. El resultado final es que se forma una metáfora que va de un órgano físico de una mujer, su vientre, a un modo psicológico de ser que supone la aplicación del concepto a todo aquel que demuestra interés por mejorar la situación de su entorno.

Creo que no nos puede extrañar que sea este adjetivo uno de los que con más profusión se le aplican a Dios en el AT tanto en los salmos como en la literatura profética. A un Dios que llevó en su seno al pueblo elegido, “los que habéis sido transportados desde el seno” Is 46,3  y que desde presupuestos más universales gesta a toda la creación le encajaba a la perfección ese vocablo.

Comparten nuestros 3 protagonistas la misma condición y muchos sentimientos que a esta condición se suman. Aunque de la vida de Isabel nada sabemos tanto María como el propio Dios se van a caracterizar por la fidelidad inquebrantable a sus hijos. La madre de Jesús le sigue, con frecuencia sin entender su mensaje, pues para la campesina conservadora no era fácil asimilar que muchas de sus creencias fundamentales no entraran en el programa de su Hijo.  Un Hijo que se consideraba por encima de Moisés, del sacerdocio y del templo. Y sin embargo, y a pesar de todos los pesares, le siguió hasta el final que le supuso estar al pie de la cruz cuando el resto de sus discípulos le había abandonado,

Esa fidelidad inquebrantable a sus hijos es también una característica del Dios de Israel.. “¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas” le oímos decir a Isaías 49,14. Una característica que la encíclica Mulieris Dignitatem coloca en Jesús como revelación suprema de Dios. Un Jesús que se convierte en la encarnación terrena de ese principio femenino que es la fidelidad materna.

Como un ovillo que se desenreda esa fidelidad se caracteriza a su vez por una compasión que tiende a mejorar la situación de los hijos más desfavorecidos. Eso es lo que María de Nazaret nos canta en el Magnificat. Desde su condición de futura madre es capaz de entrar en el corazón del Dios materno y desde esa atalaya privilegiada describir un futuro de bienestar para todos. Los pequeños, los débiles, los pobres, los enfermos pasarán a primera fila pues la madre compensa volcándose con los hijos que más lo necesitan.

María, Isabel y Dios mismo nos invitan a entrar en esta dinámica. Según Eckhart todos hemos sido llamados a ser madres pues según sus palabras: “El Creador extiende este poder hacia ti desde su maternidad divina situada en su capacidad de dar eternamente a luz… La persona que fructifica da a luz desde la misma fuente de la que el Creador extrae el mundo eterno. Por este centro nos hacemos portadores de una maternidad fructífera”. Un Jesús que se convierte en la encarnación femenina de ese principio femenino que es la fidelidad materna

En la medida de que entremos en esta dinámica compartiremos las inquietudes que aparecen en la escena de la visitación y que se van a desarrollar a lo largo del evangelio. María fue llamada desde su condición de madre a ser discípula de su Hijo y nosotros desde nuestra condición de discípulos somos llamados a hacer de madres de Jesucristo pues la evangelización no es otra cosa que hacer brotar la semilla de Jesús en los corazones de quienes no le conocen.

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