La fragilidad desafía nuestra humanidad

[Por: Rosa Ramos]. amerindiaenlared.org

Este es mi siervo a quien yo sostengo, 

mi elegido, en quien se complace mi alma…

No quebrará la caña cascada, 

ni apagará la mecha que casi no arde.

Con fidelidad traerá la justica

No se desanimará ni desfallecerá…

Isaías 42, 1-4

Siempre me desafiaron esos versículos del profeta Isaías, los escuché por primera vez de labios de una religiosa que fue muy significativa en esa etapa adolescente y juvenil que contribuye a abrir horizontes, formar y orientar nuestra sensibilidad humana. En este caso, siendo ella profesora de Literatura, también ha sido responsable de cultivar mi gusto estético y poético. 

Esas expresiones del profeta vuelven a mí  una y otra vez en distintas circunstancias, nunca me dejan indiferente, siempre me interpelan. Esta vez han llegado a mí más que como una pregunta, diría como palabras que parten aguas, que señalan las actitudes que podemos adoptar y que hacen patente nuestra humanidad o inhumanidad.

La fragilidad, el rostro desnudo del otro, parafraseando a Emmanuel Levinas, sería ese “parte aguas”. ¿Qué hacemos frente a la caña cascada, ante la vela vacilante, a punto de apagarse? ¿Qué hacemos ante la fragilidad expuesta ante nosotros?

Ante un niño frágil, ante una persona con discapacidad, ante un prisionero… las respuestas pueden ser la burla, el “bullying”, el abuso, la violación, la denigración, los golpes hasta incluso dar muerte a la persona; o pueden ser la protección, el hacerse cargo, el procurar sostener, salvar, esa vida amenazada, esa “caña cascada”. Así entonces, mientras Levinas veía en el rostro desnudo del otro el principio ético más primigenio y desafiante que pueda descubrir un ser humano: “no matarás”, otros pueden ver en el cuerpo vulnerable del otro, un objeto más fácil sobre el cual descargar sus pasiones inconfesadas y una violencia desproporcionada. La fragilidad, expuesta ante la mirada, tiene el poder de revelar lo peor o lo mejor de nosotros, puede despertar los más bajos instintos o los más nobles sentimientos.

No se trata de una reacción automática ni aleatoria, si bien el estímulo puede tocar núcleos muy profundos e inconscientes. Es posible demorar la respuesta al estímulo, pasando a través de lo que Ernest Cassirer llamaba “el sistema simbólico” propio del ser humano, conformado por los aprendizajes, los símbolos, lo construido culturalmente que incluye el lenguaje, la ciencia, las diversas expresiones del arte, los mitos, la religión, etc.. Allí entra la ética, la sensibilidad, la decisión de respetar ese otro vulnerable y más aún, de defender su vida. También Byung Chul Han afirma que la respuesta verdaderamente humana es aquella que entre el estímulo y la respuesta inmediata procedente del cerebro primitivo interpone un “no”, se detiene y elige la respuesta en función del cerebro noético que sabe de valores. 

Esto que parece muy teórico, viene a cuento de la contemplación-meditación desde la fe, que es parte de mi sistema simbólico, de respuestas enteramente diferentes en pocos días.

Leí entre horrorizada y asqueada, el informe de un tribunal militar, archivado en 1986 y ahora revelado, en que se da cuenta detalladamente de la muerte de un prisionero al cabo de una hora y media de “interrogatorios”.  En la misma habitación de doce metros cuadrados, estuvieron presentes además del responsable del interrogatorio, otros once militares para “aprender” el procedimiento. Vale decir que vieron golpear hasta caer muerto al detenido, un médico para más datos, acusado de recibir armamento. La autopsia dice que el interrogado tenía el hígado destrozado y que se asfixió por líquido en los pulmones. Tristemente no fue  el único caso de inhumanidad, pero la descripción detallada de la investigación llevada a cabo también por militares, el informe forense, etc., me produjeron dolor y horror ante lo que somos capaces de hacer a otro ser humano desnudo, maniatado, indefenso. Horror también por lo que podemos ser capaces de ver hacer “para aprender” y soportarlo.

En tanto, en estos días fui testigo, gracias a Dios, de otra posible respuesta ante la vulnerabilidad, en las antípodas de la anterior. Tras unas horas de retiro de silencio, cuando en rueda compartimos la experiencia de la oración, a mi lado un hombre de unos cincuenta años, dijo que en la oración volvió a sentir el dolor y la impotencia que ha vivido como médico en el CTI (Centro de Cuidados Intensivos) viendo morir a tantos hermanos en soledad, a causa del covid 19. Ese hombre lloró, se conmovió hondamente, al decir ante quince personas cuál había sido su experiencia, revelando así su profunda humanidad. Contó que ante un moribundo, no pudiendo salvarlo, ni pudiendo dejar que la familia se despidiera de esa persona, se quedaba a su lado rezando, e intentando transmitirle fe y esperanza desde su silencio orante. Este médico lloraba ante esos desconocidos que morían solos, y volvía a llorar ante nosotros al contarlo. Menos mal que existen estas personas que nos reconcilian con nuestra humanidad.

Gandhi decía que con cada acto malo, por secreto que sea, se degrada toda la humanidad, y con cada acto bueno, digno, misericordioso, aunque sea ignorado, se eleva toda la humanidad. Cuando esos actos malos o buenos son hacia otro ser humano en situación de vulnerabilidad, creo que la degradación o la elevación es muchísimo mayor.

Comparto una tercera situación para inclinar la balanza a favor de la humanidad. Desde hace más de un mes y medio, un hombre está internado en una de esas unidades (CTI), por una situación grave, con la ventaja de que puede ser visitado y acompañado. Allí ha estado, atado a una cama, conectado al respirador, siendo una y otra vez ingresado al quirófano, ya para una traqueotomía, ya para una cánula para la diálisis, ya para solucionar alguna complicación inesperada. Pero ante este ser en situación vulnerable hay muchas personas que se hacen cargo, que se desviven por él, desde el personal de salud que ha sido excelente, a la familia que sigue día tras día a su lado, haciendo turnos para acompañar y sostener la mecha vacilante de su vida, sin jamás abandonar la lucha, y menos al enfermo.

Todos por Martín, vamos a llamarlo así aquí. ¿Cómo no recordar el poema Masa de César Vallejo? Aquel en que muerto el combatiente, se van acercando uno a uno primero los compañeros, hasta que comparece toda la humanidad a su lado, diciéndole que lo aman, que no se muera, que se quede. Cuando esa convocatoria se hace universal, da lugar al milagro, el hombre se levanta y camina. Otro poema paradigmático es Lázaro de Luis Cernuda, conmovedor texto, en que el muerto no puede negarse a resucitar ante tanto amor y ante la mirada de Jesús. El hijo de Martín reza y nos invita a rezar una y otra vez con ese poema.

Martín, como Lázaro, no ha podido negarse a vivir ante tanto cuidado y tantas demostraciones de amor de su familia. Fue así, que la víspera de su cumpleaños 63, estando a su lado la ex esposa y madre de sus hijos, entreabre un ojo, ella emocionada le pregunta si la reconoce y él sale de su bruma y da a entender sin palabras un “sí”. Días después, ya lúcido, logra escribir su primera palabra en una pizarra para su hija, escribe “Feliz”, la hija le pregunta quién está feliz y confirma que es él. En estos días ha escrito “Muchas gracias”. ¿Cómo no agradecer la vida, cuando recibe tanto amor y de tantos? ¿Cómo no querer vivir una nueva vida que se le regala?

Mientras unos vejan, matan…, otros, como el Siervo del profeta Isaías, no se desaniman ni desfallecen, entablillan la caña o la vida cascada, cuidan la mecha titilante para que se reavive y vuelva a arder e iluminar. La fragilidad es ese parte aguas, es esa oportunidad y desafío que nos exige elegir de qué lado nos colocamos, a favor de las fuerzas de la muerte, o amorosamente a favor de las fuerzas de la vida, aunque sean mínimas, hasta hacerlas vencer.

Dos consideraciones más, una: la realidad es compleja, como nos ha enseñado Edgar Morin, y no deberíamos dividir a la humanidad en “buenos y malos”, si bien a veces podemos decir que nos topamos con unos y otros en la vida. Lo más frecuente es que el mismo ser humano puede ser capaz de hacer actos muy dañinos unas veces y otras, actos muy loables y bellos. Esta consideración también es portadora de esperanza, somos aprendices, somos redimibles. 

Otra consideración: es bueno recordar que la fragilidad es una nota de la humanidad, todos somos frágiles, vulnerables, heridos. Todos necesitamos que nos respeten y cuiden, que nos llamen y sostengan en la vida. Además de dejar como regalo los links para los poemas citados, dejo otros versos, en este caso de Sting:

Una y otra vez la lluvia caerá 

Como lágrimas de  una estrella  

y nos dirá cuán frágiles somos.

¡Cuán frágiles somos!

https://youtu.be/gIsO6d7JEw4 (Masa de César Vallejo)

https://youtu.be/NVJ02Ysdclw (Lázaro de Luis Cernuda)

Imagem: https://www.uik.eus/sites/default/files/styles/imagen_ficha/public/cursos_429?itok=Vdm3ikbE

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