PARTICIPACIÓN Y FORMACIÓN EN LA SINODALIDAD

ÁFRICA DE LA CRUZ. FE ADULTA

En la primera comunicación sobre Sinodalidad dije que en este proceso sinodal íbamos a aprender a ser sinodales “sinodeando”. Es decir, participando en este Sínodo como sujetos agentes y comprometidos con nuestro bautismo. En la última he afirmado que la participación de los cristianos de a pie en este Sínodo no está garantizada. No podemos darla por supuesto. Hay que hacer algo, previamente, para activarla. Para empezar, habrá que hacer una tarea de información-formación sobre este Sínodo para movilizar su participación. En la reflexión de hoy abordaré el nexo entre formación y participación.

Tesis: El cristiano de a pie no tiene claro su corresponsabilidad en la misión de su Iglesia. No se percibe como evangelizador. No se ve como misionero. Por eso no se ve como participante activo, como coprotagonista de un Sínodo de Obispos sobre Sinodalidad. No sabe qué significan esas palabras además sospecha que no vale para nada lo que él diga en tal sínodo. ¡Qué pinto yo ahí!

Si miro a mi alrededor observo que una parte muy importante del pueblo llano es un analfabeto del cristianismo de hoy. La iglesia no ha sabido acompañar a sus fieles en la formación permanente cristiana generalizada. Incluso la formación continuada de algunos servidores eclesiásticos (pastores) deja mucho que desear. Basta oír sus homilías. Con los apuntes amarillentos del seminario donde se formaron en su lejana juventud creen tener suficiente. Mi conclusión: La actualización en los contenidos y métodos para la evangelización es una urgencia si queremos revitalizar nuestra Iglesia.

Desde esta urgencia veo con ilusión, confianza y esperanza este proceso sinodal en que el papa Francisco nos ha convocado a todo el pueblo de Dios. Es una oportunidad de oro para recrear nuestra Iglesia: reforma de estructuras y conversión de mentalidades. Estos son los retos y desafíos que quiere afrontar este proceso sinodal.

El papa Francisco, en la Exhortación Evangelli Gaudium, anticipó “algunos caminos para la marcha de la Iglesia en los próximos años”. Y propuso algunas líneas que pudieran alentar y orientar, en toda la Iglesia, una nueva etapa evangelizadora, llena de fervor y dinamismo. Allí habló de “evangelizadores con Espíritu”. A partir de la Constitución dogmática del Concilio Vaticano II Lumen Gentium, presentó la reforma de la Iglesia en salida misionera, dentro de una pastoral en conversión. Copio: “Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación. La reforma de estructuras que exige la conversión pastoral sólo puede entenderse en este sentido: procurar que todas ellas se vuelvan más misioneras, que la pastoral ordinaria en todas sus instancias sea más expansiva y abierta, que coloque a los agentes pastorales en constante actitud de salida y favorezca así la respuesta positiva de todos aquellos a quienes Jesús convoca a su amistad”. Está hablando de “una impostergable renovación eclesial”. Impostergable y total. Todos los bautizados somos agentes pastorales corresponsables de la evangelización.

Han pasado los años y la renovación impostergable no ha llegado en el grado que esperábamos y deseábamos. Por eso el papa insiste en su afán renovador y hoy nos ofrece otra oportunidad. Esperamos y deseamos que esta vez sí. Al menos hay que intentarlo. A pesar de nuestras dudas, sospechas y desánimos hay que intentarlo. Como dice una viejita de mi pueblo: “Que por mí no sea”.

¿Por qué tengo esperanza de que merece la pena intentarlo de nuevo? Porque ya es la hora. Es nuestra hora. La hora de todos. Porque se nos pide por activa y pasiva que participemos y se nos promete corresponsabilidad. Hagamos verdad las dos cosas. Participemos en todos los encuentros que los equipos organizadores convoquen. Desde el primer momento el diseño del proceso refuerza la necesidad de la escucha a todos, creyentes y no creyentes, de dentro y de las periferias, de toda edad y sexo, de toda condición social y económica, a todos. Se espera que todos hablen y escuchen. Que hablen con verdad, respeto y valentía y que escuchen con humildad, aceptación y sabiduría. Todos tenemos algo que decir y algo que aprender. El Sínodo sobre sinodalidad es de todos. También el éxito o fracaso es de todos. Todos somos corresponsables. Todos podemos hablar desde nuestras experiencias en esta Iglesia.

En estos primeros momentos del proceso sinodal hay que hacer una labor intensa de motivación a participar todos como sujetos libres, comprometidos y responsable de la marcha y logro de los objetivos del camino sinodal que estrenamos. Si reflexiono sobre la pregunta ¿por qué y para qué participar? posiblemente descubro razones suficientes para ello. Participar es tomar parte en una situación o acontecimiento. En este Sínodo se necesita que todos queramos participar. Todos estamos invitados y todos somos necesarios. Todos los que pertenecemos al Pueblo de Dios: laicos, miembros de vida consagrada y personas ordenadas. Se nos invita a formar parte activa, a que nos impliquemos y comprometamos en el ejercicio de una escucha profunda, sincera y respetuosa de los demás y a aportar todo lo que somos y tenemos, con responsabilidad de administradores fieles de lo recibido, que para el servicio a los demás lo hemos recibido. Lo que gratis has recibido ofrécelo gratis. La participación se basa en que todos estamos cualificados y llamados a servirnos recíprocamente con los dones que cada uno ha recibido. Cada uno, allí donde estemos, debemos ser un don para los demás. Somos seres para los otros y necesitamos completarnos con los demás.

Nos reunimos y encontramos en sínodo, no solo para escucharnos y hablarnos recíprocamente, también para escuchar juntos al Espíritu Santo que enciende nuestras aspiraciones y anhelos más profundos en favor de cada persona humana, de la humanidad en su conjunto, de toda la Iglesia y la creación entera. El proceso sinodal en todos sus momentos y tareas nos convoca para participar activamente en todo lo que constituye un camino sinodal: escuchar, tomar la palabra, analizar, dialogar, discernir, tomar decisiones consensuadas, ponerlas en práctica, evaluar los resultados y volver a empezar a un nivel más elevado. Y todo esto para decidir mejor entre todos. Para llegar al consenso a partir del consejo de todos. Ese consenso fortalece la corresponsabilidad. Si no participo en la decisión no seré corresponsable. Mi participación tiene que ser en todas las etapas del camino esencial; no auxiliar, mera ayuda. Sentirnos socios no meramente consejeros. Si mi consejo no es decisorio no soy corresponsable. En este proceso sinodal, que es un proceso espiritual, la escucha es el método, la participación el camino y el descernimiento el objetivo. Escucha, participación y discernimiento son interdependientes. No hay discernimiento comunitario sin el Espíritu. Se escucha para discernir mejor. Y todo al servicio de la misión de la Iglesia, misión compartida con todos los bautizados: evangelización al hombre y mujer del siglo XXI.

En la próxima “entrega” abordaré el tema: Dónde estamos y cómo empezar a “sinodear” en nuestras parroquias. Algunas experiencias.

África De La Cruz Tomé

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