El peón: alma del ajedrez

[Imagen de FelixMittermeier en Pixabay]

 Mónica Mínguez Franco. cristianismeijusticia.net

El peón es la pieza más humilde e, incluso, infravalorada en el juego del ajedrez: tiene tan solo el valor de un punto frente a la torre que representa cinco o la dama que representa nueve. Es humilde, sí: avanza las casillas de manera frontal y una a una, sin avasallar, sin saltarse ningún escaque y, por descontado, sin saltarse ninguna otra pieza. Pero, también son piezas que, a menudo, están infravaloradas por aquellas personas que no saben o no recuerdan que pueden transformarse en otros trebejos percibidos como más valiosos, el más valioso, en este caso la dama. Esta potencial transformación se hace posible si el peón llega al final opuesto del tablero. Adicionalmente, al peón no le está permitido retroceder; esta regla añade una gran delicadeza en la decisión del movimiento del peón.

En estos días la agenda-setting nos trae noticias de la llegada masiva de personas migrantes a la frontera entre Polonia y Bielorrusia. No se trata de una crisis migratoria propiamente dicha, es decir, no se ha producido recientemente un acontecimiento de impacto que sea la causa de un movimiento repentino de personas. Se trata de la perversión del juego del ajedrez en que se han movido piezas con el único fin de ganar terreno. En el tablero, los peones se estructuran como ligados, pasados y/o avanzados entre otras posiciones: pero en la frontera de Polonia, en otras fronteras, se hacinan personas -adultos, jóvenes, niños y niñas- que han llegado de diversas procedencias y que no pueden organizarse al no tener recursos. En muchos casos, llegan a las fronteras movidos por noticias falsas en que se promete facilidad en el paso a Europa, en regularizar la situación, en definitiva, en ser acogidos.

Esta situación no es nueva; quizás sí lo es el ámbito geográfico -la frontera norte de la UE-, pero no la jugada: no hace mucho, el conflicto diplomático entre el Reino de Marruecos y el Reino de España se escenificó a la luz de una pretendida crisis migratoria, en que más y más peones -las piezas más humildes y las que pueden llegar a ser las más valiosas- llegaban a territorio español. También Libia ha utilizado en el pasado a personas migrantes como medio de presión y negociación. Y estos son sólo dos ejemplos próximos en el tiempo.

Tratar a las personas, especialmente a las migrantes que han dejado todo atrás, como si fueran peones de los cuales se ha olvidado su potencialidad, ha sido y es práctica habitual a lo largo de la Historia. Son personas anónimas, de las que no conocemos sus nombres, cuyas imágenes bajo la lluvia y el frío nos conmueven, pero que olvidamos enseguida cuando la noticia es reemplazada por la siguiente: apenas se publican ya en las primeras páginas noticias de Afganistán, de Venezuela o de la frontera entre México y Estados Unidos.

Esta parece ser la modalidad de una nueva guerra en el Occidente del siglo XXI, donde se prefiere la acción mediáticamente cruel al diálogo diplomático alejado de los focos. La imaginaria civilización occidental ha evolucionado y la aversión a generar o participar en un conflicto armado prima sobre cualquier otra decisión. Sin embargo, el medio por el cual se articulan las decisiones -incluso en el quimérico terreno diplomático- permanece intacto: tratar a las personas como peones en su más pobre consideración, como la pieza que menos puntuación aporta, olvidando que dentro de sí encierra un gran potencial de transformación.

[Imagen de FelixMittermeier en Pixabay]

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