La encarnación y las cosas

[Por: Rosa Ramos]. amerindiaenlared.org

Amo las cosas, loca, 

locamente…

… No sólo me tocaron
o las tocó mi mano,
sino que acompañaron
de tal modo
mi existencia
que conmigo existieron
y fueron para mí tan existentes
que vivieron conmigo media vida
y morirán conmigo media muerte.

Pablo Neruda (Oda a las cosas)

Los humanos somos cuerpos animados o espíritus encarnados, una unidad. Nuestra corporeidad es nuestro ser y nuestro ser es más que nuestra corporeidad, porque somos conscientes y también somos -o podemos ser- libertad, amor y don. Obviamente nuestra relación con las otras personas es fundamental en el proceso de humanización. Mi identidad la descubro en la mirada, en la voz, en el amor de los otros, a la vez que yo ayudo con mi aliento a desplegar lo mejor de los otros. Sin embargo, hoy me voy a detener en nuestra relación con las cosas, con los objetos, que pueblan el universo que habitamos y del cual somos el hilo consciente.

Byung-Chul Han en su libro No-cosas. Quiebras del mundo actual (“quiebras” puede traducirse por transformaciones), publicado hace unos meses, plantea la desmaterialización de las cosas por el frenesí de la comunicación, por el exceso de información a la que estamos expuestos. Sostiene que ya no tenemos recuerdos, tenemos datos. A modo de ejemplo compara las fotos materiales con las digitales a partir de su relación con la luz, pero sin entrar en ese mundo de producción físico-químico-matemático de las fotos, todos podemos comparar la caja de fotos, el baúl de objetos y de fotos de los abuelos, con las almacenadas en nuestro teléfono. Las fotos tomadas en el estudio fotográfico, o aquellas de cuando iba el fotógrafo a la casa, eran pocas, costosas y cada familia disponía de unas pocas o de unas cuantas, según su posición, pero no de miles y miles que hoy están en nuestro bolsillo o cartera. Aquellas fotos estaban ligadas a acontecimientos importantes de la familia como bodas, aniversarios o viajes significativos, tenían historia. Eran fotos además pasadas de generación en generación junto con relatos que crecían en cada transmisión.

El filósofo citado dice que el mundo terreno o material está formado por cosas y esas cosas producen un mundo estable. Las cosas son polos que estabilizan la vida, son polos de reposo de la misma, le dan duración. 

Esto es fácil comprobarlo en los ancianos, ellos necesitan un entorno estable: su casa, sus muebles, sus objetos cotidianos, así como encontrarlos siempre en cierto lugar; una mudanza los desestabiliza, incluso basta un corto período de internación para que “se pierdan”. Si regresan a su casa, a sus cosas, esas que “estabilizan la vida”, es muy probable que recuperen la memoria y la serenidad, que vivan tranquilos, confiados. Las generaciones más jóvenes se han acostumbrado al cambio permanente de los objetos (sean coches, muebles, adornos o vestimenta) y a no ligarse a ellos, a no generar historia con los objetos en continua renovación y, por tanto, carecen del valor de los recuerdos. Ojo, también esto nos sucede a los que, sin ser jóvenes, aún no somos ancianos.

En su crítica el filósofo coreano-alemán subraya que pasamos de la era de las cosas a la era de las no-cosas, la era digital, de los datos, de la información veloz, que no importa si es verdadera o falsa, circula, provoca emociones y reacciones, siempre pasajeras. En la era del orden digital, de las no-cosas, carecemos de memoria, de historia; todo es fugaz y fragmentado, sin continuidad ni relato, por tanto, sin sentido. En un libro anterior, “El aroma del tiempo”, ya había planteado esta crítica, hasta el “duelo”, por la atomización de los instantes, tan iguales como vertiginosos que consumimos y que no dan lugar al reposo, a la contemplación, a la duración, es decir a la sabiduría. 

Su crítica se centra en la sociedad occidental y capitalista, en esta sociedad de la información. No es directamente aplicable a lo que sucede entre las comunidades originarias, con otro relacionamiento con los seres, los objetos y el tiempo, tampoco a los barrios y periferias de las ciudades. Pero es un llamado de atención a todos, puesto que la tecnología y las redes sociales llegan, se consumen, y cambian rápidamente la vida de todos, la colonizan. De ahí la necesidad de atención a nuestra relación con las cosas y con lo que él llama “no-cosas”. Puesto que de esta desmaterialización del mundo se pasa rápidamente a males mayores, la indiferencia, la falta de compromiso, la abstención. Es más fácil y divertido vivir entre no-cosas y convertirnos en no-personas, en consumidores de imágenes y datos, en vez de vivir como mujeres y varones comprometidos en la construcción de un mundo más justo, solidario, en definitiva, más corresponsables del reino de Dios.

“Y, sin embargo, se mueve”, dijo bajito Galileo Galilei tras negarlo en el juicio. Y, sin embargo, las cosas existen y están ahí, esperando ser vistas, descubiertas, para sorprendernos. Las cosas hablan, cuentan historias para quien sepa contemplarlas con ojos nuevos o con los ojos del amor o de la nostalgia del tiempo perdido. 

Aquella casa que visitábamos, aquellos objetos que estaban allí inmóviles, se convierten en sagrados, en memoria de sus moradores para otros. “¿Dónde está el perro que le pinté al abuelo?” -pregunta de pronto- “¡Mira, este bebé soy yo con los abuelos!” -señalando una vieja foto-. El muchacho recorre la casa familiar en busca de objetos con memoria para mostrarle a su novia; ella lo sigue, y con la mirada y con las manos sobre ellos va haciendo suya la historia familiar. Los objetos son puentes con el pasado, por suerte estaban aún allí. También queremos quedarnos con algo de un ser querido fallecido, pues sus cosas, han sido parte de su vida y lo representan.  “Me llevo estos azulejos y estas fotos para regalarle a otros amigos” -dice alguien con memoria agradecida al desarmar la casa de un amigo-. Nuestros muertos están vivos en los objetos que tocaron, desde ellos nos dan seguridad, confianza, aliento. Al decir de Chul Han, esas cosas son polos que dan sentido, orden, estabilidad a la vida; nos hacen sentir parte del río de la historia.

Los objetos de nuestra propia casa a veces nos sorprenden y hasta conmueven como recién llegados, nos vuelven a ser regalados, al mirarlos después de un tiempo, desde otro ángulo, o tras cierta experiencia fuerte. Luego vuelven a su silencio de cosas, pero nos dejaron más enraizados en la vida, gracias al aroma del tiempo que destilaron.

La encarnación nos reclama contacto, relación, comunicación con todo lo viviente, y también con las cosas. Relación no de apropiación, uso y descarte, ni de dependencia obsesiva, sino justa relación que nos afirma en la historia construida y a construir con otros, que nos enseña nuestra menesterosidad y fragilidad. “Las cosas son polos de estabilización” en su quietud y silencio, estando ahí son como testigos de nuestra vida cotidiana, son como balizas de nuestra propia historia y como relatos balbuceantes de nuestra `propia identidad.  

Al decir de Neruda las podemos amar, y mucho. Sin embargo, un día nos daremos cuenta que, aunque de algún modo existieron con nosotros, no las podremos retener, sino que hemos de soltarlas o pasarlas a otros con esa carga positiva de sentido y continuidad, de historia.

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