Francisco beatifica a Juan Pablo I, el Papa de los 33 días que pudo cambiar el rumbo de la Iglesia

 Jesús Bastante. religion digital

Fue el último Papa italiano, y el más breve de los últimos siglos (solo le superan diez papas de los 266 que ha habido en la historia). Albino Luciani, que apenas durante 33 días –entre el 26 de agosto y el 28 de septiembre de 1978, el año de los tres papas– mantuvo el nombre de Juan Pablo I, será beatificado este domingo por el Papa Francisco, convirtiéndose así en el quinto pontífice del siglo XX en subir a los altares. Su mandato pasará a la historia por las extrañas circunstancias de su muerte (fue encontrado muerto en su cama, sin signos de violencia, y sin aparentes enfermedades previas), que llevaron a pensar a muchos que la Curia vaticana tenía –y tiene aún hoy– muchos recursos para evitar que cambie lo que no le interesa que cambie.

Porque en la muerte de Luciani entran personajes como el banquero de DiosPaul Marcinkus (considerado por algunos el autor intelectual de su posible asesinato); el director del Banco Ambrosiano, Roberto Calvi (quien después apareció colgado en el puente de Londres, en una imagen que Francis Ford Coppola incluyó en El Padrino) o el entonces secretario de Estado Jean Villot. “Todos siguieron en sus puestos tras la muerte de Luciani”, asegura el sacerdote Jesús López Sáez, que lleva media vida investigando qué pasó la noche en que falleció Juan Pablo I.

Un muerto sin autopsia, varias versiones

Aunque la tesis oficial fue que Luciani resultó víctima de un ataque al corazón, la realidad es que jamás se hizo autopsia alguna del cuerpo del Pontífice. Roma fue ofreciendo distintas informaciones, algunas de ellas contradictorias, como la de quién encontró el cuerpo. Primero se dijo que fue un mayordomo, después, que fue una de las monjas que lo cuidaban. La teoría de que Luciani estaba enfermo y era incapaz de asumir el peso de un pontificado lastrado por las tensiones del postconcilio Vaticano II y los escándalos financieros, no se sostiene para Sáez. En su opinión, la muerte del Papa de la sonrisa fue un asesinato orquestado por algunos miembros de la Curia, de la mafia y la masonería.

A lo largo de sus años de investigación, el sacerdote mantiene que persisten muchos misterios sin resolver en torno a este caso, como la llamada pastilla del mayordomo, una píldora –se especula con cianuro o una fuerte dosis de tranquilizantes– que el propio ayudante de Juan Pablo, Angelo Gugel, ha contado que administró al Papa Luciani la noche previa a su fallecimiento. Las sucesivas contradicciones en el relato vaticano no han hecho sino alimentar las dudas, que también se ciernen en torno a su beatificación. López Saéz sostiene que, de hecho, la subida a los altares de Luciani es un modo de echar tierra a cualquier intento de saber la verdad de lo que pasó.

“Los promotores de la beatificación pasan por alto y encubren hechos tan graves como la denegación de la autopsia al cadáver del papa, solicitada por el doctor que tenía que hacer el diagnóstico sobre la causa de la muerte; el testimonio sobre la buena salud del papa, dado por su médico personal; o las decisiones importantes y arriesgadas que había tomado Luciani”, destaca el experto en una entrevista en Religión Digital.

Más allá de teorías conspirativas, Luciani estaba llamado a liderar los cambios en la Iglesia católica tras la muerte de los dos papas que vivieron el Concilio: Juan XXIII y Pablo VI. De hecho, tomó el nombre de los dos para sí mismo, y fue el primer Papa en colocarse el ‘I’ tras ‘Juan Pablo’.

Juan, el ‘primero’ en muchas cosas

Luciani fue el primero en muchas cosas: desterró el plural mayestático y empezó a hablar en primera persona del singular en lugar del tradicional ‘nos’; dejó de utilizar la silla gestatoria y rechazó la coronación y la tiara papal en su ceremonia de entronización. Su lema papal, Humilitas (Humildad), no fue elegido al azar.

Consciente de que navegaba en mitad de una Curia profundamente dividida entre reformadores y ultraconservadores, Luciani tuvo tiempo, en apenas un mes, para anunciar una encíclica que iba a consolidar las reformas del Concilio Vaticano II pero que jamás vio la luz; para ordenar que las diócesis de todo el mundo entregaran un 1% de sus ingresos a las iglesias del Tercer Mundo; y para plantear algo que ya hiciera como cardenal: cambios en la polémica Humanae Vitae, la encíclica de Pablo VI que consagró el “no” de la Iglesia a los métodos anticonceptivos y que provocó una desbandada de católicos en todo el mundo. Pero, fundamentalmente, lo que buscó Juan Pablo I fue poner orden en mitad de los escándalos económicos y financieros, un tema vedado entre los muros curiales y que, aún hoy, es la cuestión que –junto a los abusos sexuales– más quebraderos de cabeza da al actual Pontífice.

Tras la muerte de Juan Pablo I, los cardenales nombraron papa a Karol Wojtyla, el primer mandatario no italiano en casi cinco siglos. Un pontífice, Juan Pablo II, que marcó la involución de los postulados aprobados en el Concilio y que marcó una férrea doctrina moral, sexual y política durante 27 años de mandato, alzando al poder a grupos ultraortodoxos como el Opus Dei, los Kikos, Comunión y Liberación o los Legionarios de Cristo. De uno de los papados más cortos de la historia, curiosamente, se pasó al tercero más largo en veinte siglos. Un modelo, el de la restauración, que continuó durante los ocho años de Benedicto XVI y que, tras su renuncia, pareció cambiar con la llegada del Papa Francisco. El mismo que, a imagen de Juan Pablo I, también quiere hacer cambios en la organización de la Curia, los escándalos económicos y la moral sexual. Y quien se encargará de beatificarlo.

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