Agosto sin tregua

José Ignacio Calleja. religion digital

Da vergüenza ponerse a escribir en serio durante este tiempo de sol y fiestas para muchos de nosotros. No sé si “la mayoría”, por eso evito decirlo. Nos entendemos. Se admiten excepciones a cualquier juicio generalizado.

El caso es que este agosto hereda y multiplica las situaciones de conflicto y amenaza de todo el año. Cada mañana alguien nos sirve la relación de esos problemas. Tiene mérito la gente que nos advierte de los problemas y los explica en su evidente relación: desde la pandemia al tórrido verano, desde la guerra al precio de la energía, desde Ucrania a Taiwán, desde China a América, Europa o la Mercedes en Vitoria, por qué no. No quiero repetir el listado y sus movimientos cruzados.

Me gustaría pensar que tiene algún interés para todos volver a las razones que se aducen entre tanto despropósito. Lo es, l a ojos de la gente de a pie no es fácil justificar las decisiones que se toman por los gobiernos medianos. Supongamos que los más poderosos saben lo que hacen: según creo, poder político y dinero van de la mano hasta la asfixia. Pero los países pequeños y hasta los medianos no veo claro que decidan nada, sino lo que les toca; van a remolque, con sus intereses entrevistos solo a lo lejos y con mucha imaginación.

Los países pequeños y hasta los medianos no veo claro que decidan nada, sino lo que les toca; van a remolque, con sus intereses entrevistos solo a lo lejos y con mucha imaginación

Veamos esto en un apunte de agosto, es decir, no falso pero sí liviano. Dice el señor Biden que todo es porque la Rusia de Putin retoma el camino de la opresión imperial frente a los pueblos que de ella se libraron y reclaman libertad. Dice que él todo lo hace en defensa de la libertad y la democracia. Proclama el señor Putin que si le hubieran respetado su zona de seguridad, todo seguiría en paz. Dice el señor Xi Jinping que Rusia tiene derecho a su seguridad, que la democracia es una cosa muy particular de cada uno y que ellos necesitan ya más energía que mercados y dólares, que esto se puede encontrar en más sitios. Y aquí vienen los de segunda o casi. Dice el señor Scholz desde Alemania ¡sueña! que “no hay ninguna razón para el incumplimiento de los contratos de suministro de gas” por parte de Rusia; dice el señor Macron que no se ha podido convencer a los árabes para que pongan más petróleo y gas en el mercado; dicen los líderes europeos que la energía atómica es ahora mismo verde y adecuada hasta que vengan tiempo mejores. Se revuelven los países del viejo Sur para defender que la guerra de Putin es adecuada para recordarle a Occidente que pasó su tiempo. Contestan los viejos pueblos del Norte, -que se saben pocos y con las urnas a la vista-, que todo es por los valores irrenunciables de sus sociedades, su cultura de los derechos humanos.

Imposible desarrollar todo esto en pocas líneas. Pero sí es posible observar una coincidencia de fondo que, de ser cierta, ofrecería un buen punto de partida. Cada uno de los sujetos políticos o sociales con responsabilidad en el conflicto global del mundo está eligiendo “algo” que lo explicaría en última instancia y primero. El vuelco en los intereses geoestratégicos de las grandes potencias y el potencial para imponierlos a su favor en nuevas alianzas contra otras. El intento de las potencias medias por no quedarse a la intemperie, cualquiera que sea el resultado final. La aparición de los tiburones de todos los conflictos que, a la par de sus gobiernos, si no dentro de ellos o determinándolos, huelen la sangre y van tras ella sin miramientos. Estos, y los grupos sociales que los cuidan electoral y mediáticamente, ¡no son tan pocos como cuando se dice el genérico “los ricos”!, van a por todas cuando oyen que las oportunidades de éxito son otras a las de ayer. Si preciso es, las crean. Para ellos, el mundo está sobrado de pobre gente, cuyo futuro como consumidores y preparación tecnológica es nulo. Luego sobran. Si no consumen, si no pueden trabajar, si no conocen, sobran todos lo que no sean imprescindibles. Por tanto la tarea ética es inmensa. A menudo surgen voces que amo y que se equivocan, incluso teniendo razón. Todo sucede, dicen cerca de mí, por la pérdida de fe en Dios. Es una buena razón, pero decirla sin responsabilizarse de ello, no resuelve casi nada. Se ofrece como si la fe en Dios fuera una cosa que se saca del frigorífico cuando se necesita para el bien social. Porque teniendo peso esta razón, y otras más laicas, pero del mismo tenor, -que la causa es la pérdida de valores en nuestra sociedad-, la pregunta sigue en pie: pero qué valores, y por qué se pierden, y quién los explica, y cómo recuperarlos. Porque una cosa es clara, la pérdida de valores humanos tiene diversas causas, y elegir una muy clara, sin preguntar qué relación tiene con las demás, lleva al autoengaño: cada grupo piensa que los valores los pierden los otros, que los valores propios son justos con evidencia, que ellos son el grupo naturalmente encargado de explicarlos y aplicarlos a los demás. El mejor valor, con tales supuestos, nace sin vida. Hay que pensar a fondo los valores irrenunciables, pero no menos cómo los podemos reconocer, discernir y compartir sin sacrificar la igualdad y libertad (desde los últimos).

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