Año nuevo, año viejo…

Rosa Ramos. amerindiaenlared.org

La vida aprendió su lección 

del movimiento de lo que no vive: 

las constancias del agua 

las decisiones del viento 

los ritmos mudos de una piedra.

La vida aprendió su lección 

de los movimientos más ligeros que ella

Roberto Juarroz

No he puesto comillas, porque cité de memoria y sin poder verificar el texto. Pero estos versos me inspiran para este artículo al comenzar un nuevo año. Me recuerda una cita -que también expreso de memoria- de Edgar Morin para ilustrar su principio dialógico aludiendo a Heráclito: morir de vida, vivir de muerte, pues la vida vive de la muerte y la muerte de la vida. 

El año nuevo se alimenta del viejo y el viejo se acaba consumido, “gastado”, de tanto vivirlo. Cerrar un ciclo es abrir otro, pero no se trata de círculos cerrados, sino más bien de un espiral que se abre más, llevando consigo una cola de estrellas luminosas y de puntos negros entre ellas. Y así, cada año llega y pasa con su rica carga variopinta y su apertura al nuevo, ilusionada o esperanzada, que no es lo mismo.

Los fuegos artificiales, con sus hermosos colores y figuras trazadas en el cielo de medianoche en los distintos lugares y tiempos, cubren muchas horas. Los noticieros suelen mostrar en pantallazos cómo se inicia el año en las grandes capitales. En la mía fue impresionante, duró el espectáculo de estallidos multicolores mucho más que en la Noche Buena. En Montevideo se estilan los fuegos artificiales en ambas ocasiones, en otros sitios no es así. Contemplando los fuegos es inevitable sonreír ante la belleza y desde nuestra fe cristiana puede nacer también la oración.

Mirando el cielo se pueden contemplar también las ilusiones de tantas personas deseándose “feliz año nuevo”. Una especie de pensamiento mágico que se expresa en esos fuegos, así como en los abrazos y brindis de medianoche. Nos deseamos lo mejor, nos auguramos salud, paz, amor y una retahíla sinfín de buenos deseos. Contemplando la noche y los sitios (barrios, zonas) de donde proceden las luces, podemos preguntarnos y/o imaginar qué celebran y cuáles son las ilusiones.

La realidad no siempre coincide con las ilusiones. Poco antes de la medianoche, me había detenido mirando acongojada a un muchachito -a juzgar por su figura a distancia- que revolvía insistentemente la basura en un contenedor a unos metros y a unos pisos de distancia de mi atalaya. Parecía no conformarse al no encontrar lo que buscaba, seguramente comida. La impotencia, la discreción o la cobardía, me paralizó, aunque es probable que también les sucedió a otros vecinos que vieron la escena. Nadie bajó a socorrer su necesidad o a entablar un diálogo nocturno con el muchachito; todos seguimos reunidos con nuestras familias y amigos en nuestras mesas rebosantes. Tal vez un poco de la abundante comida de nuestras mesas, una sonrisa y unas buenas palabras, hubieran cambiado su noche, aunque su vida luego siguiera precaria y amenazada. No tuvimos el valor de hacerlo. Pecado de omisión.

La ilusión tan bella como mágica, que se expresa en los colores del cielo sobre la medianoche, que parecen dividir por completo el año viejo del año nuevo, no cambia la dura realidad de tantos. La ilusión de un año nuevo tan diferente y maravilloso sin asidero en lo que se viene gestando, es efímera y puede dejar un sabor agrio a desilusión y hasta puede generar resentimiento con la vida que no concede lo que se anhela.

San Pablo dice que la esperanza tiene que ver con lo que no vemos, porque si fuera de lo que ya palpamos y gozamos, no sería tal. Sin embargo, la esperanza es más sólida que la ilusión, más consistente, sostenida en el tiempo, y más compartida. 

La ilusión puede ser fugaz y solitaria, apagarse tan rápidamente como las luces de los fuegos artificiales, que precisamente se llaman así porque no son fuegos de los que arden la vida hasta incendiarla, parafraseando a Eduardo Galeano. La esperanza anida en lo pequeño, en lo que se va construyendo con otros y para otros. Pequeños gestos, humildes trabajos, lucha cotidiana, no cejar en los intentos a pesar de los fracasos, persistir en la búsqueda, animando a otros. Esperar actuando, como subraya un poema de Benjamin González Buelta:

“…Esperaré 

a que apunte la aurora y me ilumine. 

Pero sacudiré mi noche 

de postraciones y sudarios…”

El año nuevo toma vida de lo sembrado en el viejo, habrá cosecha si hubo siembra. Cada nuevo año recoge esa cadena ininterrumpida de manos trabajando desde el principio de los tiempos, por eso la imagen de espiral de luz que avanza incluyendo las sombras, las pérdidas, las ausencias. 

Por otra parte, si bien distinguimos esperanza e ilusión, podemos invitarlas a caminar juntas en la misma dirección. Las ilusiones, aunque siendo inoperantes por pasivas, no obstante, revelan algo que anida en lo más hondo del ser humano: un anhelo de plenitud, de verdad, de comunión. De modo que no caigamos en la tentación fácil de juzgar las ilusiones como vanas. Más bien, desde la esperanza activa, propia de la fe cristiana, acojamos las ilusiones de nuestros hermanos -esas del brindis, esas de buenos deseos o de los fuegos artificiales- como expresión de ese anhelo primordial y propongámosle un sentido. 

Caminemos juntos aprendiendo, tal cual nos invita el poema de Juarroz. La vida aprende su movimiento de lo que no vive, del silencio de la piedra. El nuevo año implicará mucho trabajo para hacer la vida más vivible y digna, pero puede acoger y llevar consigo esas ilusiones compartidas por tantos, aún en formas mágicas, en tanto esconden algo genuino, creatural, por tanto divino.

Imagen: https://www.infopractica.com.uy/wp-content/uploads/2022/12/fuegos.jpg 

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