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Somos puentes invisibles,
tejidos con hilos de lenguas distintas,
con manos de colores diversos
y miradas que aprenden a encontrarse.
Somos jardín, donde cada cultura
florece sin pedir permiso al viento,
donde el tambor conversa con la guitarra
y el silencio entiende todas las voces.
Somos el pan compartido en muchas mesas,
el saludo que cambia de forma
pero guarda la misma calidez
en cada rincón del mundo.
La interculturalidad no borra caminos:
los cruza, los mezcla, los abraza.
Hace del mundo una sola historia
contada con mil acentos.
Y en esa danza de diferencias
descubrimos algo profundo:
que ser distintos no nos separa,
sino que nos vuelve infinitamente iguales.
Somos un puente de luz
tendido entre montañas de historia,
un río donde navegan lenguas distintas
y donde cada palabra aprende a escuchar.
Es el encuentro de tambores y violines,
de trajes bordados con memorias antiguas,
de manos que, aunque nacieron lejos,
se reconocen en un mismo gesto.
Somos el jardín inmenso de culturas
donde ninguna flor quiere ser la única,
porque la belleza del paisaje
vive en la diversidad del color.
Somos la mesa larga de la humanidad,
donde el pan se comparte sin fronteras,
donde cada receta trae un recuerdo
y cada historia abre una ventana al mundo.
Y entonces comprendemos
que las diferencias no nos separan,
sino que nos enseñan a mirarnos
con curiosidad, respeto y esperanza.
Porque en el fondo de cada corazón
late un ritmo parecido,
una música antigua que nos recuerda
que todos venimos del mismo sueño.
Somos muchas voces, pero una sola canción.
Muchos caminos, pero una misma tierra.
Muchos rostros, pero una sola humanidad.
Porque más allá de idiomas, banderas o piel,
más allá de costumbres y fronteras,
existe una verdad sencilla y luminosa:
que todos somos uno.
