Maria Mercader Garcia .cristianismeijusticia.net
Hay momentos que pueden convertirse en escaparate o en revelación. La visita del Papa a Cataluña es uno de esos momentos. Puede quedar reducida a la solemnidad institucional, a la fascinación estética ante la monumentalidad de la Sagrada Familia o a la tranquilidad emocional de las grandes celebraciones religiosas. Pero también podría convertirse en una pregunta. Una pregunta profunda e incómoda sobre el lugar desde el que hoy la Iglesia mira y vive. Porque según dónde y cómo enfoquemos la mirada, se pronunciará una palabra u otra.
En medio de un mundo atravesado por desigualdades obscenas, por guerras, por la expulsión constante de personas migrantes, por la devastación ecológica y por la precarización sistemática de la vida, la credibilidad del cristianismo ya no depende de su capacidad doctrinal ni de su peso institucional. Depende de su cercanía con los cuerpos heridos de la historia. Eso es precisamente lo que la tradición profética bíblica nunca dejó de recordar: Dios no se revela desde la grandeza del poder, sino desde los lugares vulnerables. Empezando, seguramente, por nuestra propia vida y nuestra propia vulnerabilidad. He aquí desde dónde empezamos a descubrir a Dios.
Muchas personas perciben una distancia dolorosa entre la solemnidad religiosa y la realidad concreta del sufrimiento. Como si la Iglesia siguiera hablando desde un lugar elevado mientras el mundo se hunde por abajo. Pero, por suerte, basta con volver al Evangelio para ver que funciona exactamente al revés. Ese «abajo» no es solo un lugar teológico o social; es también una transformación interior que exige ir abandonando la fantasía de la separación entre Dios y el mundo. Es necesario descubrir el lugar profundo desde el que habla Jesús e ir enfocando la mirada hacia allí.
El movimiento de Jesús nace entre personas descartadas, en territorios periféricos y desde una política radical de proximidad. El Reino de Dios no aparece vinculado al poder imperial ni al templo, sino a la posibilidad de reconstruir relaciones rotas y defender la vida vulnerable. Por eso, el cristianismo se desfigura cuando convierte la fe en espectáculo, en una identidad reductiva y autosatisfecha o en refugio emocional desconectado del conflicto. El Evangelio recuerda en múltiples momentos que Jesús se siente movido a reconocer la dignidad de toda persona en la realidad que ve a su alrededor. Quizá esa siga siendo hoy la gran pregunta espiritual: ¿qué vemos nosotros cuando miramos? ¿Qué nos mueve?
El profeta Isaías lo formula con una dureza que todavía hoy incomoda: «Cuando extienden sus manos, yo aparto mis ojos… ¡Sus manos están llenas de sangre!» (Is 1,15). No denuncia la ausencia de religión, sino una religión compatible con la injusticia. No critica el culto por ser insuficientemente solemne, sino porque puede convertirse en coartada espiritual frente al sufrimiento de los demás. Y esta denuncia sigue siendo profundamente actual.
También nosotros podemos admirar catedrales mientras ignoramos a personas expulsadas del derecho a la vivienda. Podemos defender la tradición cristiana mientras sostenemos economías que destruyen territorios y condenan comunidades enteras a la precariedad. Podemos hablar de dignidad humana mientras mantenemos estructuras eclesiales que siguen relegando a las mujeres a espacios subordinados y discriminando a colectivos minoritarios de toda clase.
Quizá la visita del Papa solo tendrá sentido si es capaz de provocar precisamente eso: una interrupción. No una euforia colectiva pasajera, sino una pregunta profunda sobre el tipo de Iglesia que necesitamos hoy. Y es bueno saber que León XIV se acercará a Brians y al
Raval. Que se reconozca que el Evangelio se encarna en todos y todas, sin excepción.
Porque el gran reto no es recuperar influencia social. Es recuperar verdad. Y esa verdad solo puede emerger cuando la Iglesia renuncia a «alzar la mirada» y se dispone a caminar con los de más abajo y, sobre todo, con quienes quedan en los márgenes más alejados e invisibles. No busco en estas líneas confrontar identidades ideológicas —«los de abajo o los de arriba»—, sino hablar de un cambio interior, un cambio de mirada que seguramente comienza mirando hacia dentro, preguntándonos cómo miramos y desde dónde.
Quizá por eso el futuro del cristianismo no pasa por una reafirmación identitaria, sino por una conversión relacional. No por una Iglesia obsesionada con conservar poder, sino por una comunidad capaz de escuchar y transformarse profundamente. No por una estructura vertical que administra respuestas, sino por una red vulnerable que aprende a discernir desde las periferias.
Aquí es donde la sinodalidad se juega de verdad. Si se reduce a una metodología participativa, no transformará nada esencial. Pero si implica redistribuir la palabra, escuchar a los cuerpos históricamente silenciados y cuestionar las estructuras patriarcales del poder eclesial, entonces sí podría abrir otra manera de ser Iglesia. Por suerte, siempre hay Iglesia más allá de la Iglesia.
Quizá la pregunta decisiva ante la visita del Papa no sea qué veremos estos días. La pregunta es otra: desde dónde miraremos, hacia dónde dirigiremos esa mirada y, sobre todo, cómo podemos ir transformando cada vez más la mirada para que sea más espiritual y menos moral, más contemplativa y menos autosuficiente, más cercana al dolor real del mundo y, precisamente por eso, más capaz de revelar una esperanza verdadera.
