El solideo sim-pático

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 Servicio Jesuita a Migrantes (SJM) – Almería. cristianismeijusticia.com

Hay imágenes que explican un pontificado mejor que cualquier homilía. A veces son los pequeños gestos —incluso los imprevistos— los que condensan un mensaje entero. Durante la reciente visita del papa León XIV a Lampedusa, una ráfaga de viento hizo volar su solideo. Fueron apenas unos segundos; un instante casi anecdótico. Sin embargo, hay estampas que permanecen mucho más que los discursos porque son capaces de revelar el fondo de la realidad.

Lampedusa no es una isla cualquiera: es el espejo donde Europa se encuentra con su conciencia. Allí recalan quienes huyen de la guerra, la persecución, el hambre o la desesperanza. Allí también termina el camino de demasiadas personas cuyos nombres nunca conoceremos. Es una frontera geográfica, pero sobre todo moral: la línea divisoria entre la hospitalidad y la indiferencia, entre la compasión y el miedo, entre el reconocimiento del otro y su deshumanización.

En ese escenario, el solideo arrancado por el viento se convierte en un símbolo elocuente. En la tradición católica, el Papa solo se descubre ante Dios, ante su presencia real en la Eucaristía. Pero asomarse a la memoria de quienes han muerto buscando una vida digna obliga también a desnudarse la cabeza. Como si, por un instante, la dignidad inviolable de cada una de esas víctimas reclamara el mismo respeto que reservamos para lo sagrado. Porque, para la fe cristiana, lo es. Como advirtió el propio León XIV en Madrid: «Nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano».

El Evangelio no deja margen para la ambigüedad: «Fui extranjero y me acogisteis» (Cf. Mt 25, 31-46). La presencia de Cristo no se reduce al templo; se hace visible en el cuerpo herido del migrante, del refugiado, del náufrago y del descartado. Quizá por eso aquella imagen del solideo suspendido en el viento resulta tan sugerente: no demuestra nada, pero invita a mirar de otra manera.

La palabra «simpatía» procede del griego sym-patheia: ‘sufrir con, sentir con’, compartir el padecimiento ajeno. Antes de ser un rasgo amable del carácter, era la capacidad de dejarse conmover por el dolor del otro. En ese sentido, aquel solideo fue profundamente simpático: no porque arrancara una sonrisa, sino porque pareció inclinarse ante el sufrimiento de tantas víctimas invisibles.

En su homilía, León XIV recordó el milagro de la compasión y la revolución interior que desata. Como señala el Concilio Vaticano II: «Las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo […] son también las alegrías y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo» (Gaudium et Spes, 1). No existe fe auténtica que contemple el mundo desde la distancia. O se deja afectar por él, o se convierte en una religión cómoda, incapaz de encarnarse.

Esta visita prolonga el camino abierto por el papa Francisco cuando eligió precisamente Lampedusa para su primer viaje fuera de Roma. Allí denunció la «globalización de la indiferencia», esa anestesia que nos permite convivir con miles de muertes sin que se altere nuestra conciencia. El drama no es solo la tragedia; es la costumbre. «¿Quién ha llorado por estos hermanos y hermanas?», nos interpeló Francisco.

Por eso urge poner nombres. En las rutas migratorias, la muerte suele ser un dato anónimo en el desierto, en el mar o en una patera encallada. Recuperar un nombre, rescatar una historia, llorar a un niño como Yusuf —el bebé fallecido en 2020 a solo cuatro millas de la costa— no cambia el pasado, pero salva a esa persona de una segunda muerte: la del olvido. Frente a las estadísticas, el nombre devuelve la humanidad; frente al anonimato, restaura la dignidad. Toda violencia empieza borrando un nombre; toda hospitalidad comienza por aprenderlo.

Quizá por eso la visita al cementerio tuvo tanta fuerza. Lejos del protocolo, fue una forma de declarar que ninguna vida se reduce a un número, que cada persona merece ser recordada y que el duelo es también una forma de justicia.

Al final del recorrido se alza la Porta d’Europa. Más que un monumento, es una pregunta abierta: ¿qué clase de Europa queremos construir? ¿Una fortaleza obsesionada por protegerse, o una comunidad capaz de reconocer a quien llama a su puerta? Las fronteras seguirán existiendo, pero la humanidad con la que las gestionemos dirá más de nosotros que cualquier discurso político.

Tal vez el viento solo hizo lo que hace el viento. O quizá, para quien sabe leer los signos, fue un soplo de la Ruah, el Espíritu que descoloca nuestras certezas. Porque algunas imágenes mutan en parábolas: el solideo no cae ante el poder, ni ante los jefes de Estado, ni ante las instituciones europeas o los medios de comunicación. Sale volando y se arrodilla, precisamente, ante las víctimas.

Un solideo que vuela. Una cabeza descubierta. Un instante de silencio ante quienes ya no tienen voz. Tal vez baste esa estampa para recordar que, allí donde la dignidad humana queda expuesta a la intemperie, es Cristo mismo quien nos espera.

[Imagen de Vatican.va]

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