DOMINGO 15 (A) (Mt 13,1-23)
Las parábolas son muy apropiadas para hablar de la trascendencia. Al partir de conceptos simples, tomados de la vida cotidiana y que todo el mundo conoce, nos proyecta hacia una realidad que va más allá de lo material. La parábola por estar pegada a la vida conserva el frescor de lo genuino y auténtico a través del tiempo.
Es una de las parábolas más comentadas, pero siempre en la dirección que marca el mismo evangelio al alegorizarlas en su comentario. Otras explicaciones son posibles y vamos a intentar mostrar algunas de ellas y veréis que pueden ser interesantes.
El relato en sí no es significativo, poco importa cómo nace y da fruto ese relato, en sí anodino, da que pensar, cuestiona mi manera de ser, me dice que otro mundo es posible y espera de mí una respuesta vital. En toda parábola existe un punto de inflexión que rompe la lógica del relato. Ahí está el verdadero mensaje.
El objetivo de la parábola es sustituir una manera simple de ver el mundo, por otra abierta a una nueva realidad llena de sentido. Obliga a mirar a lo profundo del ser y descubrir posibilidades increíbles. La parábola no dice nada al que no está dispuesto a cambiar. Dice más de lo que se puede decir, al que está dispuesto a escuchar.
La alegorización de esta parábola es fruto de la primera comunidad, que intenta moralizarla. Para descubrir el sentido hay que dejarse empapar por las imágenes. Exige una respuesta personal y vital; obliga a tomar postura ante la alternativa que propone. Si no tomas la decisión de cambiar, ya has definido tu postura.
Los exegetas apuntan a que, en un principio, los protagonistas de la parábola fueron el sembrador y la semilla. El sembrador como ejemplo de generosidad y la semilla como ejemplo de potencial ilimitado. El objetivo habría sido animar a predicar sin calcular la respuesta de antemano. Hay que sembrar a voleo, sin reserva alguna.
No debemos dar importancia al número de los que responden. La intensidad de una sola respuesta da sentido a toda sinuosa y larga trayectoria de la existencia humana queda justificada con la aparición de un solo Francisco de Asís. Por eso Jesús pudo decir: El Reino ya está aquí, yo lo estoy haciendo presente.
Más tarde se dio importancia a las condiciones de la tierra (actitud del oyente). Esta alegorización no sería original de Jesús sino un intento de acomodarla a la nueva situación de los cristianos, cambiando el sentido y haciéndola más moralizante.
Incluso en un sentido alegórico, no debemos pensar en unas personas como tierra buena y otras como tierra mala. Más bien debemos descubrir en cada uno de nosotros la tierra dura, las zarzas, las piedras que impiden a la semilla fructificar.
El fruto no es el éxito externo o las obras, sino el cambio de mentalidad del que escucha. El fruto sería una nueva manera de relacionarse con Dios, consigo, con los demás y con la naturaleza. No se puede crecer en humanidad sin esas relaciones.
Esta relación tiene que ser como persona, porque generalmente nos relacionamos con los demás como cosas, de las que nos podemos aprovechar. Cuando hago esto me deshumanizo. Descubriendo al otro y volcándome en él, despliego mis posibilidades de ser. Solo desde esta actitud podremos desplegar a la esencia de lo humano.
“El que tenga oídos que oiga”. En aquel tiempo, era la doctrina oficial la que impedía aceptar el mensaje. Hoy siguen siendo los prejuicios religiosos los que nos mantienen atados a falsas seguridades que nos impiden una respuesta al mensaje.
