Alvaro Ramis. reflexionyliberacion.cl
En el escenario político y cultural contemporáneo emerge una contradicción decisiva: una parte significativa de las amenazas contra la democracia y el pluralismo no proviene de corrientes abiertamente antirreligiosas, sino de sectores que invocan el cristianismo mientras impulsan prácticas y proyectos opuestos al mensaje evangélico. El académico Matthew D. Taylor, teólogo e investigador de la Universidad de Georgetown y autor de The Violent Take It By Force (2024) y del próximo Defying Tyrants: Following Jesus in a World of Christian Antichrists, denomina a este fenómeno con una expresión tan precisa como perturbadora: los “anticristos cristianos”.
No se trata de una metáfora provocadora ni de un insulto fácil. Es un diagnóstico político y teológico de enorme profundidad. Taylor no habla simplemente de creyentes conservadores ni de personas religiosas que votan por la derecha. Habla de redes organizadas de líderes carismáticos, profetas autoproclamados y apóstoles de nuevo cuño que han construido una auténtica teología de la supremacía cristiana: la convicción de que los cristianos -o más exactamente, cierto tipo de cristianos- deben dominar el Estado, la cultura, la educación, los medios de comunicación y la vida pública. Esta corriente tiene incluso una estructura doctrinal definida: la llamada New Apostolic Reformation (NAR), la Nueva Reforma Apostólica, cuyos seguidores promueven el llamado “Mandato de las Siete Montañas”, una estrategia destinada a conquistar las siete áreas decisivas de la sociedad: gobierno, educación, negocios, medios, artes, familia y religión.
El objetivo ya no es evangelizar. El objetivo es tomar el poder.
El 6 de enero de 2021, durante el asalto al Capitolio estadounidense, esta corriente mostró su rostro más descarnado. Entre la multitud había personas tocando el shofar, líderes religiosos orando mientras otros golpeaban policías, banderas con consignas cristianas mezcladas con símbolos nacionalistas y supremacistas. Taylor documenta cómo sectores vinculados a la NAR financiaron, organizaron y legitimaron espiritualmente aquella insurrección. No se trató de una extravagancia marginal del evangelicalismo norteamericano, sino de una expresión visible de una corriente expansiva y políticamente disciplinada.
Lo que vuelve más peligroso a este fenómeno es su alianza con el llamado sionismo cristiano: la creencia de que el Estado de Israel y el conflicto en Medio Oriente forman parte de un guion profético que conduciría al retorno de Cristo y al fin de los tiempos. Esta teología convierte la geopolítica en escatología y transforma la guerra en una señal divina. Desde esa lógica, el sufrimiento humano deja de ser una tragedia para convertirse en una pieza del calendario apocalíptico. El resultado es un apoyo incondicional a políticas militares israelíes, independientemente de sus consecuencias humanitarias, junto con una intensa capacidad de lobby político y financiero en Estados Unidos y América Latina.
La guerra deja de ser un fracaso de la política para transformarse en una confirmación religiosa.
Sería cómodo pensar que todo esto pertenece exclusivamente al paisaje político estadounidense. Pero América Latina lleva décadas recibiendo la influencia de estas redes. El bolsonarismo en Brasil no puede entenderse sin la movilización neopentecostal; en Centroamérica, numerosas campañas contra derechos sexuales y reproductivos han sido coordinadas con apoyo ideológico y financiero proveniente de organizaciones religiosas conservadoras norteamericanas. Chile tampoco está al margen. Más aún: en algunos aspectos, parece haberse convertido en un laboratorio especialmente avanzado.
El Partido Social Cristiano, fundado en 2022 con raíces explícitas en sectores evangélicos del Biobío y Ñuble, logró en muy poco tiempo construir presencia parlamentaria, influencia territorial y una agenda pública alineada con los principales ejes del nacionalismo cristiano global: oposición al aborto, al matrimonio igualitario, al feminismo y a las políticas de diversidad sexual, junto con un discurso anticomunista que revive categorías propias de la Guerra Fría. Sus vínculos con la nueva derecha chilena no son casuales, sino estructurales. La convergencia con el Partido Republicano y con sectores ultraconservadores refleja una articulación política donde religión, orden moral y nostalgia autoritaria comienzan a mezclarse peligrosamente.
Las iglesias evangélicas chilenas cuentan además con una capacidad organizativa considerable. Según el Censo 2024, agrupan a más de dos millones de personas y poseen una extensa red de radios, plataformas digitales y comunidades territoriales que funcionan como espacios de movilización social y política. Es una infraestructura que muchos partidos tradicionales ya quisieran tener y que estos movimientos utilizan con creciente eficacia.
Llamar a todo esto una amenaza al orden democrático no es alarmismo. Es reconocer que existe un tipo de autoritarismo que no llega vestido de uniforme militar, sino de lenguaje religioso. Cuando comunidades enteras creen que Dios les ha encargado conquistar el poder político; cuando sus adversarios son descritos como enemigos satánicos; cuando la violencia puede justificarse como “guerra espiritual”; y cuando la democracia liberal es vista apenas como una herramienta transitoria para instaurar un supuesto reino cristiano, entonces el problema deja de ser doctrinal y se convierte en institucional.
El autoritarismo más peligroso es el que llega acompañado de himnos de alabanza.
Chile aún parece subestimar este fenómeno. Parte importante del sistema político y mediático sigue confundiendo el respeto legítimo a la libertad religiosa con la renuncia al análisis crítico de proyectos políticos confesionales y antipluralistas. La respuesta democrática no puede ser la persecución religiosa, porque eso sería incompatible con un Estado de derecho y además políticamente inútil. Pero sí exige educación cívica, transparencia respecto al financiamiento y las redes internacionales de estos movimientos, fortalecimiento institucional y una comprensión más lúcida de cómo operan las nuevas formas de extremismo contemporáneo.
Cristo expulsó a los mercaderes del templo. Los anticristos cristianos han hecho exactamente lo contrario: llevaron el templo al mercado del poder. Y están haciendo excelentes negocios.
Álvaro Ramis – Santiago de Chile
